El rendimiento deportivo y la madurez humana.
Autor: K.Dürckheim

Cuanto más dominamos la técnica en una práctica y cuanto más libre de contratiempos y dificultades transcurre todo el proceso y aumenta la seguridad en el tiro, es decir, cuanto menos responsables sean la técnica o el saber hacer, aunque se cometan errores, tanto más se convertirá el proceso total en un claro espejo del propio orden o desorden interior. Entonces nos resultará cada vez más sencillo descubrir al enemigo interno al tirar, en vez de percibir sólo al enemigo externo, es decir, al factor en nosotros, que podemos reconocer en pequeños movimientos involuntarios, anomalías e irregularidades, así como en la fluctuación de la seguridad en el tiro.

Hacer de la ejecución de un rendimiento un espejo del orden interior constituye un principio del ejercicio que se puede aplicar a cualquier acto automático. Así, por ejemplo, cojamos una hoja de papel y dibujemos muy despacio una línea recta, dibujemos otra debajo y después otra y así sucesivamente, intentando siempre dibujar las líneas lo más rectas y paralelas posible. Una y otra vez podremos observar irregularidades que no tienen nada que ver ni con el lápiz ni con el papel, sino que se refieren a irregularidades en nuestra propia actitud interior. Hay temblores, movimientos involuntarios, cambios en el trazo, alteraciones del sentido y del ritmo, interrupciones, fallos, etc. ¿De donde sale todo esto? ¿Como se produce? Cuanta más atención prestemos hacia nuestro interior, tanto mejor habremos de reconocer cómo se relacionan los grandes y pequeños errores en el rendimiento externo con la propia persona, con la manera de estar ahí. No nos sentamos correctamente, estamos tensos, tenemos los hombros contraídos, no estamos asentados en el verdadero centro de gravedad, la respiración no fluye correctamente, nos -esforzamos- demasiado, siempre -queremos- algo más, tenemos miedo. Cuanto más nos esforzamos, peor. ¡Entonces nos damos cuenta de que tenemos que -soltar-, que tenemos que aceptar! No se trata de hacer, sino de permitir que las cosas sucedan. Pero sólo cuando ya no estamos haciéndolo desde la voluntad, si, acaso en el momento en el que agotados ya, estamos pensando en dejarlo y no estamos ya realmente en el Yo, entonces puede ocurrir que surja de repente, como -sin darnos cuenta-, una magnífica línea, como si se tratase de la cosa más sencilla del mundo. Y con esta línea podemos experimentar de repente una dicha que no es producto de que nos haya salido bien externamente, sino porque surgió en un momento de completa distensión y libertad.


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