El Hombre y la Caza.
Autor: Julio Gutiérrez Muñoz

En el foro de arqueros, que mantiene y coordina admirablemente Josep Barceló, se planteó un debate sobre un tema muy polémico: "caza sí o caza no". Había prometido no entrar en la discusión porque los argumentos que se plantean a favor o en contra de una idea preconcebida pecan siempre de falaces; y, sobre todo, tratándose de dos posturas válidas y de imposible encuentro. Imaginad que se planteara un debate sobre si es mejor tirar con recurvado o con poleas; o si es mejor practicar el voleibol o el balonmano. Nunca llegaríamos a un entendimiento y cada uno estaría argumentando para convencerse a sí mismo de que su postura es la correcta, no para convencer al contrario.

No voy, por consiguiente, a entrar en la polémica, pero sí voy a hacer algunas puntualizaciones porque, debido a la falacia de la que os hablaba anteriormente, alguno de vosotros está utilizando razonamientos que pueden llegar a ser falsos.

Partimos de una base: no soy cazador, no lo he sido, y lo más probable es que no lo sea nunca, pero no me cabe duda alguna que, en caso de necesidad, no creo que me lo pensara dos veces, eso sí procuraría hacer sufrir al animal cazado lo menos posible. El debate planteado no trata de los casos de necesidad, o de los casos de defensa personal o del patrimonio (ratas, ratones, insectos venenosos o dañinos, etc.), sino de la caza por el placer de cazar y es ahí donde me centraré.

Sin embargo, antes debo hacer unas consideraciones de carácter general: El hombre es ante todo omnívoro, es decir, debe comer de todo. Desde el punto de vista de la ciencia moderna no se concibe el vegetarianismo como viable, por razones largas de enumerar. Aún así, y más aún si todos nos pusiéramos a comer frutas y verduras, no tendríamos más remedio que usar insecticidas, u otros ardides, para subsistir, ya que eso de los cultivos ecológicos está muy bien cuando son pocos los que hacen uso de ellos y además tienen un fuerte poder adquisitivo, porque los precios son prohibitivos.

Por otra parte, el que diga que comiendo vegetales no mata, está en un error. La vida, como tal, es propia de animales y vegetales y lo que algunos llaman inteligencia puede ser visto tanto en plantas como en bichos, e incluyo entre los bichos al hombre. Se trata de una cuestión de cultura social por un lado y de descubrimientos científicos por otro. Os recuerdo que Leonardo da Vinci estudiaba anatomía preferentemente con cadáveres de mujeres, porque en su época la mujer no estaba considerada como humana exactamente.

También puede tratarse de un planteamiento puramente psicológico, todo depende de la presentación del problema. Intentaré explicarlo con un ejemplo. Si estamos viendo una película, de esas que ponen mucho ahora en televisión sobre ecología, o de las de dibujos animados tipo Disney, nos podemos encontrar con que unas veces el animal protagonista, el que requiere nuestra atención, cuidados, está en peligro de extinción, etc, es un herbívoro. Está perseguido por depredadores naturales y por el hombre. Sentimos lástima por él, e incluso soltamos alguna lágrima cuando se ve en apuros o es cazado. Otras veces el animal es un carnívoro, también en peligro de extinción, que no encuentra caza para alimentar a su prole y tiene que recorrer, famélico, muchos kilómetros, ya sin fuerzas para perseguir y acosar a los esquivos herbívoros. Al final encuentra la amistad de un hombre caritativo que le hace el favor de cazarle alguna pieza y respiramos aliviados, sin sentir nada de pena por el bicho sacrificado.

Otro error muy extendido consiste en afirmar que el hombre es cazador por naturaleza. Según todos los indicios, eso de la caza es de muy reciente adquisición. Tened en cuenta que la especie humana como tal, con periodos de convivencia con otras especies semejantes ya extintas, (quizás fue el propio hombre quien se encargó de extinguirlas, léase Neandertal o Cromañón), existe hace varios millones de años, mientras que lo de la caza viene del paleolítico, es decir, hace unos cuantos miles solamente. Imaginad lo que tiene almacenado en su cerebro de herencia genética de la especie, en comparación con lo que ha aprendido muy recientemente, desde que empezó a sacar leyes para regular las relaciones sociales. Lo que sí parece es que el hombre es un carroñero y, muy probablemente, se limitaba a robarle a otras especies depredadoras la comida. Ese robo sistemático le llevó a utilizar la violencia y llegar a dar muerte para conseguir un bocado, cuando no encontraba carroña disponible, matando no a la pieza a comer, sino al predador que la había cazado. Efectivamente, alguien apuntaba que nuestra especie no está preparada anatómicamente para la caza, y es verdad. Lo de la inteligencia, por el uso de instrumentos, está por ver, porque hay muchos animales que usan instrumentos para matar o despedazar las piezas y no les damos el calificativo de inteligentes.

Que es carroñero parece evidente aún hoy día, por cuanto el hombre necesita cocinar las proteínas de origen animal. Pensad en que todos los cazadores afirman que la caza está mejor cuando ha pasado cierto tiempo desde la muerte del animal. Nadie come con gusto, salvo por necesidad acuciante, un bicho recién muerto. Las excepciones se encuentran en algunos mariscos que son asimilables antes de que entren en descomposición. En cualquier caso, parece que nuestro sistema digestivo necesita que la carne ingerida esté ya descompuesta en parte por la acción de las bacterias de la putrefacción. Hemos avanzado en eso inventando la cocción de los alimentos.

En vista de lo anterior, lo que parece evidente es que el hombre necesita matar, pero no para conseguir directamente la presa a ingerir. Tened en cuenta que el hombre y el chimpancé, (aunque genéticamente estemos más cerca de otros simios), son los más parecidos en comportamiento y ese mono tan simpático es un auténtico asesino, que no duda en matar por placer. El hombre, entonces, lo que ha ido memorizando en su "ROM" genética es la idea de la necesidad de matar y eso es lo que se manifiesta en la caza.

Lo que posiblemente ocurrió, cuando pudo disponer de cuevas para refugiarse, e inventar la "vivienda propia", allá por la reciente última glaciación, es que se dio cuenta de que podía matar como lo hacían los depredadores a los que robaba, y guardar lo cazado hasta que fuera carroña apta para comer. Con eso se evitaba enfrentamientos con animales más aptos que él para la lucha.

Eso me lleva a otra idea. El tiro con arco existiría de todas formas aunque el hombre no hubiera cazado nunca, porque los instrumentos para matar nacieron, no de la necesidad de cazar, sino de la necesidad de robarle a otros mucho más fuertes lo cazado, aunque fueran de su propia especie, tribu o familia. Si repasáis la lista de armas que el hombre ha ido inventando, veréis que primero las ha utilizado y perfeccionado para matar a sus semejantes, y sólo tras ver qué buen resultado le daban, las utilizó para la caza de animales. Quizás sea una excepción, esa que siempre ha de existir para confirmar la regla, el anzuelo. Esto me recuerda un chiste, que voy a incluir para quitar un poco de seriedad a este documento: ¿Conocéis la diferencia fundamental entre los ingenieros y los arquitectos? Los ingenieros construyen armas, los arquitectos construyen dianas para usarlas.

De lo que sí puede presumir el hombre como especie animal es de ser la más agresiva. Está muy por encima de los que tradicionalmente tienen la fama. Aquí, como en el refrán, "hay quien carda la lana". Y, precisamente, por el gran desgaste energético que provoca, y lo peligrosa que resulta para la supervivencia, esa carga emocional de la agresividad, tiene necesidad de descargarla como sea. Es cierto que poco a poco, a medida que la civilización vaya calando en su cerebro y dejando una impronta heredable para las generaciones futuras, se irá haciendo menos agresivo, o bien la naturaleza se encargará de seleccionar una especie que pueda descargar su agresividad de otra forma. Sin embargo, hoy día, estamos muy lejos de haber llegado a tal situación y debemos aceptar, como mal menor, el hecho de tener que convivir con nuestros propios instintos.

Por otra parte, para añadir mayor agresividad a nuestra natural predisposición a ella, la propia civilización ha establecido reglas que tampoco hemos tenido tiempo de asimilar, y entran en directa contradicción con nuestros instintos de perpetuación de los genes (es decir, de perpetuación de la especie, bajo las directrices de la evolución). Un ejemplo es la monogamia. El hombre es promiscuo en ambos sexos, con tendencia, en todo caso, a la poligamia. No tenéis más que ir a un zoo y examinar un foso de simios, veréis retratados muchos tics que parecen puramente humanos, (al margen, ¿hay algo más aberrante que un zoo?). Otro ejemplo es el tener que compartir los bienes adquiridos con la comunidad (en otras palabras, pagar impuestos). Y así podríamos enumerar una serie de situaciones para las que el hombre no está preparado y, además, crean conflictos nuevos que aumentan su agresividad.

Por todo ello, se dan actitudes como las provocadas por los deportes espectáculo de multitudes, donde el individuo, con la coartada de estar diluido en el anonimato de la gran masa, es capaz de sacar a relucir sus más rastreros instintos. Así proliferan las empresas que se dedican a esos pseudodeportes aventura, en los que con pintura (¿de verdad sólo con pintura?) se pasean los cazadores al acecho de otros seres humanos. Y eso cuando no nos montamos una pequeña "inquisición" y nos dedicamos a matar semejantes por un quítame allá esas pajas, aduciendo razones religiosas o de ideología política; no hace falta que mencione los ejemplos más recientes, aún noticia en los medios de comunicación esta misma mañana.

Este debate caza sí/no es tan viejo como la humanidad misma, de hecho, (y quizás en relación con lo que apuntaba antes sobre la coexistencia de varias especies de tipo humano), el mito del cazador frente al recolector, que al parecer del autor del Génesis suponía un avance en la civilización, está presente en la Biblia, en el enfrentamiento entre Caín y Abel. Y, efectivamente, parece que hay humanos que han superado la necesidad de descargar la agresividad matando bichos, o han borrado de sus genes la larga historia, de millones de años, de necesidades cinegéticas. Eso está bien, y significa que han dado un paso más allá en la aventura de la evolución, (hay sectas religiosas que consideran pecado matar una hormiga, aunque sea por accidente); pero me alegraría saber que esa misma ausencia de la idea de dar muerte existe también en relación con el propio hombre.

En definitiva, yo opino que debemos convivir con nuestras propias limitaciones y, sobre todo, ser lo más tolerantes posible. Es un gravísimo error considerar salvajes a los que practican la caza porque, al fin y al cabo, no están más que manifestando libremente, y sin hipocresías, su propia naturaleza humana. Es un gravísimo error decir que no se es hombre, (imagino que dándole el sentido de especie, ya que hay mujeres cazadoras), hasta no haber cazado la primera pieza.

En fin y resumiendo, lo del paleolítico es muy reciente, al hombre le gusta matar y punto, porque siempre ha sacado beneficio directo o indirecto con ello. Otros muchos animales también matan por placer o por necesidades genéticas, que no por necesidades alimentarias; así hay especies que matan a los cachorros de otro semejante para poder aparearse con la hembra que los cría y, de esa forma, beneficiar a sus genes en perjuicio de los de su prójimo. La lucha por conseguir avanzar en la consecución de una coexistencia sin "muerte por placer" no la debemos plantear, a mi modo de ver, en debates donde todos llevan razón y ninguno la tiene; y donde se deslizan, veladas o directas, acusaciones hirientes. Debemos más bien analizar nuestros propios sentimientos con calma.

Espero que este rollo a lo "National Geographic" os sirva de algo y, si habéis tenido la santa paciencia de llegar hasta este párrafo, sin enviar el documento a la "papelera de reciclaje", os doy mis más expresivas gracias y me permito manifestaros mi admiración por vuestra capacidad de sacrificio, (o de permanecer al acecho, para ver si cometía un error y darme caza).

Julio Gutiérrez


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