Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Martes, 4 de Febrero de 2003

Querido diario.

He leído un fragmento del libro de memorias "El río" de Ana María Matute y me ha encantado, trata sobre los árboles y quisiera que permaneciera en estas páginas, ahí va:

"Desde muy niña me atrajeron con fuerza los árboles. Siempre supe sus nombres, pero durante mucho tiempo les llamé de otro modo, sólo para mí, que aún recuerdo. Los árboles de un bosque se diferencian claramente entre sí, como los hombres, a poco de pasar un tiempo entre ellos. Algo hay entre los árboles que no existe en parte alguna. Nada es igual a la sombra de los árboles, a su silencio, a su callada vida. Las hayas, los robles, los chopos, los álamos. Y cada uno de ellos tiene una expresión distinta entre sus hermanos de raza. Recuerdo las tardes, las mañanas, el anochecer, con la luz filtrándose entre los troncos. Aquella vida intensa y muda, tendida alrededor, alzada al cielo. Nunca se está enteramente solo entre los árboles. El viento, las ramas mecidas, el brillo de las hojas, los caminos de lluvia, las grietas que recorren las cortezas de los árboles, me fascinan. Recuerdo que apoyaba la cabeza en los troncos y pasaba el tiempo como sumida en aquellas rutas enanas, como perdida en un sueño largo, que aún hoy no he podido desentrañar. Tampoco la lluvia entre los árboles es igual a ninguna lluvia. Y el sol, y los ruidos, y el color de todas las cosas.



El tiempo, que todo lo vuelve ceniza, parece detenerse ante los árboles, y, como el viento, los abraza y se va. Ellos crecen ante nuestros ojos, pero nosotros no nos damos cuenta. Alargan sus ramas al cielo y no envejecen. Acaso, un día, alguien dice: "Ese árbol ha muerto." Y entonces nos damos cuenta, de un modo brusco, total, de que el árbol ha dejado de vivir, de que sólo es un altivo cadáver en pie. Se deja arrollar cuerdas, cercenar. Cae sin dolor, levanta un polvo leve, caliente, y desaparece con su gran dignidad inmaculada. Nadie puede humillar a un árbol. Nadie le ha visto nunca agonizar. He amado siempre a los árboles y siento su nostalgia. Recuerdo a un árbol alto que se elevaba raramente solitario al principio del camino que iba desde el prado al jardín alto de la casa. Era un chopo de la clase llamada "Carolina", con el tronco grueso y nudoso y las hojas muy grandes, que plantó un hermano de mi madre cuando era pequeño. En el tiempo que yo le conocí, me parecía el mástil de un barco gigante y extraño. Muchas veces, de niños, habíamos jugado a barcos debajo de aquel árbol, o nos habíamos tendido bajo sus ramas, cuando volvíamos del río o de cualquier correría, para sosegarnos antes de entrar en casa y que no advirtieran en nuestra expresión fatigada las andanzas. Aquel árbol era para mí algo natural y solemne, inmune y sabiamente instituido. Inmutable como el sol, no sospechaba cuándo había nacido ni jamás pensé que un día podría morir. Sin embargo, una mañana, mi abuelo dijo, señalándolo con el bastón: "Ese árbol está muerto."

Fue para mí como una revelación. De golpe me di cuenta de que había crecido, de que ya no era una niña. De que faltaban seres, objetos, sensaciones e incluso sueños a mi alrededor. De que ya nadie se tendía junto a aquel tronco para ver correr a las nubes entre las hojas anchas, como huyendo hacia un desconocido país. Sentí un dolor hasta entonces desconocido. Un dolor vivo, y, sin embargo, me atrevería a decir que bienhechor.

Mi abuelo mandó derribar el árbol. Presencié la escena subida al muro de piedras que rodeaba la chopera. Golpearon su base con las hachas, le rodearon el cuerpo con una soga. Había algo grande y triste, como de martirio, en todo él. El árbol no perdió ni un momento su apostura, su gran altivez en su hermosa muerte. Los golpes de las hachas sonaban claros en la mañana. Dolían y hacían bien a un tiempo. "Ojalá -me dije- se hiciera siempre así, conmigo." Deseé entonces que las malas nuevas, que los acontecimientos amargos, que la muerte, me llegaran de golpe, valientemente, sin anuncios lentos y falsamente caritativos. Si la muerte o el pesar nos llegasen como llegan al árbol nunca envejeceríamos."

(Fragmento del volumen de memorias "El río", de Ana María Matute - Plaza y Janés, 1963)



Dedicado a Miguel Angel Lara, otro bicho raro amante de los árboles, gracias por tu mensaje.

Robin

Domingo, 9 de Febrero de 2003

Querido diario.

Anochece, es hora de saborear, recorrer por segunda vez cada minuto de un fin de semana dulce... exquisito.

El viernes por la noche regresaba del trabajo, conducía el cuatro ruedas como un autómata, durante estos cortos trayectos vuelan mis pensamientos, una parte de mi controla el vehículo y la carretera, la otra levanta el vuelo. Regresaba a casa impregnado en una sensación de bienestar, deseaba abrazar a Montse y decirle lo mucho que la sigo queriendo.

EL sábado por la mañana a primera hora montaba en el cuatro ruedas en busca de un bosque donde compartir una mañana con el viejo José. Seguía el fin de semana dulce, tan dulce como los ojos de José al recibirme en el campo de tiro. En su compañía y la de un bosque preñado de misterio disparé infinidad de flechas, una de ellas carecía de materia, pero se que se clavó en algún lugar de Córdoba, alguien sabrá ahora que fue esa ráfaga que pasó rozándole el corazón.

Horas más tarde descansaba unos dedos fatigados por decenas de disparos, absorto en la maravillosa corteza de un árbol fui alcanzado por pensamientos, algo o alguien me estaba hablando... suavemente como un susurro me hablaba sobre los primeros sonidos, pensé en el primer sonido que cualquier ser humano oye, el doble latido del corazón. En el útero materno experimentamos una sensación de seguridad y un sentimiento de pertenecer a alguien porque oímos los latidos de nuestro corazón y, como si se tratara de un eco, los latidos de nuestra madre que nos aloja durante nueve meses. Cuando llegamos al camino terrenal a través del milagro del nacimiento, el segundo latido que oíamos desaparece. En el fondo, los seres humanos notamos que nos falta algo y muchas veces pasamos por la vida buscando ese latido que nos falta.

En el interior del bosque encuentro el latido que me falta, escuchando a mi segunda madre, la Madre Tierra, entrando en la quietud. En ese lugar silencioso puedo oír la pequeña y tímida voz dentro de mi corazón, y mediante esta experiencia puedo redescubrir la sensación de seguridad y pertenencia. El latido de la Madre Tierra me recuerda que nunca estoy solo, siempre presente solo me pide que me detenga a escucharla.

Por la tarde resonaban cientos de teclas en mi leonera, estaba rediseñando lo que debía ser la ampliación de la página de la lista de correos.

Esta mañana, en el centro histórico de Barcelona he participado en unas intensas charlas sobre historia antigua, he disfrutado como un cosaco y para colmar la mañana he finalizado mi ruta cultural coincidiendo con un grupo de amigos numismáticos en la plaza real donde intercambiamos pedazos de historia, así es como les llamo a mis monedas antiguas.

Y mañana.... será un nuevo día, ¿se puede pedir más?

Buenas noches diario.

Robin

Sábado, 15 de Febrero de 2003

Querido diario.

Ojalá que esa vieja Europa y caduca a ojos de Bush y sus vasallos resurja de sus cenizas y se quite de una vez ese complejo de inferioridad que le entró tras la Segunda Guerra Mundial. No debería tolerar la vieja madre de todos los bastardos que se le recuerde el espíritu solidario de USA con el Plan Marshall. Si quieren que se lo devolvamos, quedémonos en la miseria, pero conservemos al menos algo de dignidad.

PARA DECIR NO

El presidente del planeta anuncia su próximo crimen en nombre de Dios y de la democracia. Así calumnia a Dios. Y calumnia, también, a la democracia, que a duras penas ha sobrevivido en el mundo a pesar de las dictaduras que los Estados Unidos vienen sembrando en todas partes desde hace más de un siglo.

El gobierno de Bush, que más que gobierno parece un oleoducto, necesita apoderarse de la segunda reserva mundial de petróleo, que yace bajo el suelo de Irak. Además, necesita justificar el dineral de sus gastos militares y necesita exhibir en el campo de batalla los últimos modelos de su industria armamentista. De eso se trata. Lo demás, son pretextos. Y los pretextos para esta próxima carnicería ofenden la inteligencia. El único país que ha usado armas nucleares contra la población civil, el país que descargó las bombas atómicas que aniquilaron Hiroshima y Nagasaki, pretende convencernos de que Irak es un peligro para la humanidad. Si el presidente Bush ama tanto a la humanidad, y de veras quiere conjurar la más grave amenaza que la humanidad padece, ¿por qué no se bombardea a sí mismo, en vez de planificar un nuevo exterminio de pueblos inocentes?

Eduardo Galeano

No a la guerra, no a la inconsecuencia y a la demagogia. No a que nuestros líderes laman las heridas de su mediocridad vendiéndonos a un poder que por mucho que se vista de democracia oculta los peores vicios del imperialismo más fascista.

Robin



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