Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Domingo 23 de Febrero de 2014

Querido diario.

Volar con ellas...



(Escuchando: " Blood of the Dragon (Game of Thrones)")

Un nuevo paréntesis de dos meses me ha mantenido alejado del vuelo de mis flechas. Esta mañana he regresado al club para retomar mi actividad arquera, mis flechas, juguetonas ellas, han despertado de buena mañana revueltas en mi carcaj, pensaban las muy vivarachas, si hay movimiento... volaremos. Y así ha sido, prácticamente recuperado de una lesión de hombro y clavícula he retomado esta mañana el placer de insuflar vida a mis pequeñas y arácnidas guerreras.

No había casi ningún arquero en el club, por lo visto una tirada de liga los tenía batallando en otros bosques, he encontrado al viejo José que me ha advertido de los cambios del recorrido de bosque, ahora es en sentido contrario y siguiendo la nueva normativa consta de 24 dianas, han cambiado también la puntuación y ya no se diferencia la primera flecha de la segunda, en fin... no me gusta que bosque vaya mutando hacia campo, pero tampoco me preocupa, al no participar en tiradas oficiales estoy libre de despropósitos, así que sigo mi propio reglamento, un reglamento que puede cambiar de un día para otro, no obstante... hay cosas que jamás cambiarán y una de ellas es el gozo de ver volar una de tus flechas.

Desde hace una semana que he ido calentando en mi indoor casero, pero 8-10 metros no dan para mucho, salvo para ejercitar musculatura y tendones. Hoy, al fin, he podido disparar a 30, 40 y 50 metros, las flechas han volado majestuosamente en busca de sus dianas, la lesión no ha alcanzado al arquero interior, la cosa ha funcionado mejor de lo que esperaba.



Transcurrida una hora en el campo de entrenamiento, me he introducido en el bosque, mis valientes arañas retozaban en el carcaj con cada uno de mis pasos, menudo alboroto el de mis niñas esta mañana.



Flanqueado por una legión de viejos ermitaños de madera me detengo ante una alejada diana, mientras observo mi objetivo mi mano busca al azar una de mis flechas, la extrae y la deposita en el reposaflechas de mi arco, inserto su culatín en la cuerda y fijo de nuevo mi atención en la diana, es ahora cuando la flecha, el arco, y el arquero que vibra en mi interior toman el mando, y todo se ejecuta a su tiempo, con sus pequeños intervalos, todo dentro de un largo instante hasta que el sonido del impacto de la flecha me advierte de que todo ha finalizado... para volver a iniciarse en otro rincón del bosque.

El bosque tan sugerente, vivaz, húmedo, invitándome a penetrar en él, a fundirme en él, a ser también... bosque.



Para pasear por el bosque es necesario no tener prisa, esa lentitud es necesaria para poder percibir como acompañante a la libertad del paisaje. Ese paisaje ha de ser metabolizado por nuestras emociones que necesitan digerir ese alimento que es la belleza de lo que se mira. La lentitud permite el cambio de dirección constante. Salirte del cauce no es posible cuando eres comprimido por la velocidad. La lentitud es el requisito imprescindible para la visión completante, que sólo puede ser la panorámica, esa que a los seres humanos nos obliga a mover todo el cuerpo si queremos disfrutarla.

El lento paso del tiempo cuando paseo por el bosque, me permite degustar los mejores instantes de vida. Vivir al compás de lo que vive me hace consciente de una mayor cantidad de realidades, tanto cercanas como incluso lejanas. El acto de posarse tras un vuelo, eso es lentitud querido diario.

Esta hermosa mañana entre diana y diana he disfrutado del bosque, de la naturaleza en definitiva. Cuando me alejo de la bulliciosa ciudad consigo reencontrar mi lugar en armonía con la naturaleza, paseando relajadamente por el húmedo bosque, es entonces cuando soy capaz de observar, de respirar en paz la suave brisa, de impregnarme del ritmo, el orden y la cadencia del paisaje. Me nutro de la tranquilidad que emana de lo espiritual, me empapo de lo divino que reside en la montaña, sintiendo un gran respeto y comulgando con la madre naturaleza.

Es esta respetuosa conducta hacia el entorno, esta adhesión al espíritu que reside en todas las cosas y en todos los seres, el motor que permite desarrollar un conocimiento intuitivo imposible de alcanzar por medio del frío análisis o de la lógica. Esta toma de conciencia -una atenta y relajada observación de la naturaleza- tiene como consecuencia más inmediata la progresiva expansión de nuestros limitados sentidos y la apertura hacia una nueva y más amplia perspectiva en la que no solo se siente, sino que ante todo se es.

De nuevo en el campo de entrenamiento, últimos disparos, de nuevo las flechas peleando por ser escogidas por mi mano, todas quieren volar, pero solo una de ellas a un tiempo.




Hasta pronto amigos.

Robin

Martes 25 de Febrero de 2014

Querido diario.

Deambulando sin rumbo por el bosque...



(Escuchando: " Counting Stars (One Republic)")

Este diario ha engordado mucho, son ya muchísimos años llenando sus viejas páginas, no suelo bucear en él pero en alguna ocasión escarbo totalmente al azar en busca de alguna entrada que merezca ser recuperada, ayer encontré un escrito sobre el bosque, es un escrito intemporal que merece una segunda lectura.

(Escrito hace nueve años)

Asciendo por una ladera hasta trepar una roca desnuda y blanca como el hueso, me encaramo en una afilada cresta y contemplo el sol que se asoma con pereza relumbrando sobre el manto vegetal al fondo del valle. Desciendo de nuevo para internarme en el oscuro bosque, los primeros rayos de sol aparecen como flechas clavadas en el mullido suelo.



Los árboles me llaman incesantemente desde todos los rincones del bosque. Entre los suaves aleteos de los pájaros, puedo oír sus voces claras y profundas. Me llaman por mi nombre sin pronunciarlo siquiera. Engullido en su interior aún silencioso, pienso en el hervidero humano de la ciudad que ha quedado reducido a un remoto registro del subconsciente. Observo todo cuanto me rodea y el asombro me atrapa en cada recodo del bosque.



Me detengo para contemplar verdaderos pasillos de roca. Laberintos en cuya estructura crecen antiguos árboles abrazando bloques de piedra con sus poderosas raíces. Las ardillas transportan los primeros frutos, un petirrojo atrevido me sigue desde hace un buen trecho insistiéndome con sus inconfundibles tic tic que este es su territorio.

Siempre que paseo por el bosque tengo una sensación de novedad, aunque deambule por el mismo lugar, dondequiera que poso la vista encuentro un completo universo, un fascinante paisaje de extraordinaria diversidad y hermosura. Ensimismado en mis pensamientos... abro los ojos alarmado, un fuerte chasquido me asusta, es como si justo enfrente, a diez pasos, algo se hubiera desgajado. Me detengo en seco con un escalofrío y continuo con cautela tanteando cuidadosamente el terreno. Un mirlo aparece entonces de súbito con su estridente chillido, aparece como si fuera un fantasma del sotobosque, rozándome la sien con un poderoso aletazo. Me giro para observar durante un instante fugaz como se desvanece en el interior del bosque.



En la zona más húmeda, los musgos extienden sus mullidas alfombras cubriendo incluso las piedras, algunas setas han emergido de su letargo, la humedad de las últimas lluvias les han dado la vida y el sol tira de ellas hasta que extienden sus característicos sombreros.

A unos cuantos pasos emerjo en un claro del bosque dominado por un viejo y majestuoso árbol, esta es una buena zona de avituallamiento, extraigo un bocadillo de la mochila, la cantimplora de agua y un cuaderno para escribir algunos apuntes.

Recostado en el poderoso árbol percibo el humo de una chimenea, es posible que no muy lejos, en alguna vieja casa rural estén preparando algún suculento desayuno. Devoro el bocadillo y me dispongo a emprender la marcha. Ante mí queda aún un largo camino que recorrer.

Regreso sobre mis pasos hasta dar con el lugar donde me ha parecido oír un ruido de desgarro, al poco rato contemplo ante mí a un viejo árbol derribado, los vientos de estos últimos días se han despachado a gusto. Al parecer al viejo lo había alcanzado un rayo en su parte baja y la agonía se precipita ya hacia su desgarrador final. El bosque entero lamenta su pérdida y, agolpado en torno suyo, arropan su último aliento con un cántico de hojas.



El viejo árbol es un veterano, ha sobrevivido a cientos de tormentas. En muchas ocasiones ha alentado con su canto a otros árboles heridos o moribundos, como ahora lo hacen con él. En las hermosas noches de luna sus historias han servido de lección para los Tallos Tiernos; les ha contado sobre el curioso ser que viene del exterior, sordo a sus súplicas, y que cercena los troncos de los hermanos más robustos. Esa extraña criatura es la misma que cada verano incinera la paz y rompe la calma de su hogar. Todos reconocen su sabiduría y, apenados, le animan para que aguante mientras se van despidiendo uno a uno.

Prosigo mi andadura en este, mi primer viaje de introspección del nuevo año. Siento que el amanecer queda a mi espalda, las venas y las arterias del bosque están tocadas por el silencio de la luz, y su pátina me recuerda el vaho que se adhiere al cristal. La luz vive aquí matizada por millares de hojas, entrando en el bosque en forma de haces.



En pie, rodeado de mis hermanos los árboles, capto el silencio de su voz, una paz absoluta me envuelve. Elevo mis manos unidas y vueltas al cielo, en ellas se posa una hoja. El don no es la hoja, sino la caricia, el beso de su contacto.

Preñado de vida, siento la sangre fluir por mis venas, y comprendo que ha llegado el momento de regresar, paso a paso prosigo mi camino, me esperan los míos, mi familia, mis amigos, la vida que he de seguir.

Hasta pronto amigos.

Robin



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