Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Sábado, 2 de Marzo de 2002

Querido diario.

Esta mañana la lluvia extiende una densa cortina de agua. Desde la ventana observo como el gris uniforme del cielo desciende hasta el suelo, el día de hoy albergará una multitud de esas pequeñas cosas que suelo hacer bajo techo, escribir, leer, charlar, clasificar viejas monedas, y recordarles a quienes comparten mi vida lo mucho que les quiero.

Mediodía, sigue lloviendo, siento la humedad embriagadora del bosque, imagino una multitud de gotas como pendientes colgando de los helechos. Mañana si el tiempo lo permite será una buena ocasión para dar un paseo forestal. Una vez más siento como me invade el deseo de captar con todos mis sentidos la magia del bosque, andar entre los arboles, detenerme, sentirme observado por esa entidad que no tiene rostro pero que siempre me acompaña.

Anochece... la madera de un viejo arco recurvado revive en mis manos mientras lo sujeto para encerar su cuerda. Disparo unas cuantas flechas en el garaje, el sonido de los impactos se disuelve con el sonido de la lluvia que golpea el duro suelo de pizarra.

Llega la hora de repasar lecciones, el enano lleva todo el día estudiando para superar una semana repleta de exámenes. Durante estos días se encierra entre las tapas de los libros viviendo tenso y angustiado, algo que con toda seguridad ha de mermar su rendimiento.

Vivimos en una sociedad que tiene que medirlo todo, etiquetarlo y valorarlo en función de unos resultados. Esta manía social se manifiesta, con toda su crudeza en la valoración del rendimiento escolar. El profesorado también vive sometido a una presión difícil, deben traspasar a los alumnos al curso siguiente con unos conocimientos que les permitan seguir de forma correcta.

Pienso que una lucha obsesiva para conseguir llegar a los estudios universitarios nos conduce a una Universidad competitiva, enferma, repleta de desadaptados propensos a la angustia. Debería hallarse un sistema mejor, más justo, unas pruebas que no comportasen un enfrentamiento permanente del alumno con el sistema educativo. La reimplantación de las revalidas no van por ese camino.

Buenas noches diario.

Robin

Domingo, 17 de Marzo de 2002

Querido diario.

Hablemos de niños, árboles y abuelos...

Esta tarde he estado observando a unos niños que jugaban en una arboleda, mi mente ha viajado a través del tiempo deteniéndose en mi infancia. Recordaba una higuera enorme en el linde del huerto que tenía junto al patio de mi casa. Subido en ella paseaba por sus poderosas ramas hasta alcanzar el techo de un cobertizo. Recuerdo también un hermoso cerezo al que me subía ayudado por mi inseparable pastor belga, un perro negro que permanecía estático cuando encaramado en su lomo me aferraba a una de las ramas para acceder a la mayor despensa de cerezas que nadie pueda imaginar, afortunadamente al perro le gustaban las cerezas soportando estoicamente mi peso en espera de su recompensa, era sorprendente ver como mondaba y escupía los huesos de las cerezas y las aceitunas.

Una infancia rodeada de árboles y perros, fieles espectadores a los que relataba fascinantes aventuras extraídas de mis lecturas del club de los cinco o los siete secretos de Enyd Blyton, lo maravillosa que puede ser la imaginación de un niño.

Algunos niños de hoy son pobres en muchos sentidos porque viven alejados de esa felicidad que crece junto a los árboles. Los niños y los árboles tienen en nuestros días una inmensa importancia, en su crecimiento y salud está la esperanza y, más que nunca, hoy tienen que crecer juntos, llegar a una amistad profunda.

También recuerdo como en el ámbito rural, el abuelo era el maestro y protector del niño, en la familia su función consistía en transmitir la herencia cultural y sus propios conocimientos y experiencias. Pero este importante papel ya no tiene sentido, en la ciudad, el viejo es una pesada carga, y se los confina en geriátricos, y a los niños en colegios y guarderías, y a los árboles en los parques... quizá para que no nos contagien con su locura.

Exploremos nuestro pasado, hallaremos esas viejas costumbres que deberían arraigar de nuevo entre nosotros.

Robin

Lunes, 18 de Marzo de 2002

Querido diario.

Esta mañana conducía mi automóvil por una pequeña carretera dirigiéndome a mi centro de trabajo, al salir de una curva he visto en el arcén a dos hermosos perros abandonados deambular sin rumbo, han sido unos segundos, pero he podido leer tristeza en sus ojos. Por ello voy a transcribirte unos párrafos escritos por Antonio Gala en Junio de 1991.

Yo no creo haber hecho nada malo esta mañana... Me parecieron todos muy nerviosos. Iban y venían por los pasillos, esquivándose unos a otros. Ella le gritaba a la madre de él, y los dos niños, con las manos llenas de cosas, entraban en el dormitorio de los padres, que yo tengo prohibido. La pequeña (la más amiga mía) chocó contra mí dos o tres veces. Yo le buscaba los ojos, porque es la mejor manera que tengo de entenderlos: los ojos y las manos. El resto de su cuerpo ellos lo saben dominar y, si se lo proponen, pueden engañarte y engañarse entre sí; pero las manos y los ojos, no. Sin embargo, esta mañana mi pequeña no me quería mirar. Sólo después de ir detrás de ella mucho tiempo, en aquel vaivén desacostumbrado, me dijo: "Drake, no me pongas nerviosa. "¿No ves que nos vamos de veraneo, y están los equipajes sin hacer?" Pero no me tocó ni me miró.

Yo, para no molestar, me fui a mi rincón, me eché encima de mi manta y me hice el dormido. También a mí me ilusionaba el viaje. Les había oído hablar días y días del mar y de la montaña. No sabía con certeza qué habían elegido; pero comprendo que, en las vacaciones (y más en éstas que son más largas que las otras dos) mi pequeña podrá estar todo el día conmigo. Y lo pasaremos muy bien, estemos donde estemos, siempre que sea juntos... Tardaron tres horas en iniciar la marcha. Fueron bajando las maletas al coche, los paquetes, la comida (que olía a gloria) y los envoltorios del último momento. Yo necesitaba correr de arriba abajo por la escalera, pero me aguanté. Cuando fueron a cerrar la puerta, eché de menos mi manta. Entré en su busca; me senté sobre ella; pero él me llamó muy enfadado -­Drake, venga!, y no tuve más remedio que seguirlo. Mientras bajaba, caí en la cuenta de que, en el lugar al que fuéramos, habría otra manta. Ellos siempre tienen razón.

Los tres mayores, mi pequeña, su hermano y yo... Era difícil caber en aquel coche, tan cargado de bultos; pero estábamos bien, tan apretados todos. Yo me acurruqué en la parte de atrás, bajo los pies de los niños. La madre de él se sentó en un extremo, que suele ser su sitio, y todavía no se le habían olvidado las voces de ella, porque no decía nada; sólo miraba las calles y la luz, que era muy fuerte, a través del cristal... Los niños se peleaban con cualquier pretexto esta mañana; seguían muy nerviosos. Yo sufrí sus patadas con tranquilidad, porque sabía que no iban a durar y porque era el principio de las vacaciones. Cuando, de pronto, el niño le dio un coscorrón a mi pequeña, yo le lamí en cambio las piernas con cariño; pero ella me dio un manotazo, como si la culpa hubiera sido mía. La miré para ver si sus ojos me decían lo contrario. Ella, mi pequeña quiero decir, no me miraba.

Fue cuando ya habíamos perdido de vista la ciudad. Él se echó a un lado y paró el coche. Los de delante daban voces los dos; no sé si porque discutían o por qué. La madre de él no decía nada; ya antes había empezado a decir algo, y el la cortó con muy malos modales. Tampoco los niños decían nada... Él, bajó del coche y cerró de un portazo; le dio la vuelta; abrió la puerta del lado de los niños, y me agarró por el collar. Yo no entendí. Quizá quería que hiciese pis, pero yo lo había hecho en un árbol mientras cargaban y disponían los bultos. Me resistí un poco, y él, con mucha irritación y voces, tiró de mí. Me hizo daño en el cuello. Me bajó del coche. Empujó con violencia la puerta, y volvió a sentarse al volante. Oí el ruido del motor. Alcé las manos hacia la ventanilla; me apoyé en el cristal. Detrás de él vi la cara de mi pequeña con los ojos muy redondos; le temblaban los labios... Arrancó el coche, y yo caí de bruces. Corrí tras él, porque no se daban cuenta de que yo no estaba dentro; pero aceleró tanto que tuve que detenerme cuando ya el corazón se me salía por la boca... Me aparté, porque otro coche, en dirección contraria casi me arrolla, Me eché a un lado, a esperar y a mirar, porque estoy seguro de que volverán por mi... Tanto miraba en la dirección de los desaparecidos que me distraje, y un coche negro no pudo evitar atropellarme... No ha sido mucho: un golpe seco que me tiró a la cuneta... Aquí estoy. No me puedo mover. Primero, porque espero que vuelvan a este mismo sitio en el que me dejaron; segundo, porque no consigo menear esta pata. Quizá el golpe del coche negro aquel no fue tan poca cosa como creí... Me duele la pata hasta cuando me lamo. Me duele todo... Pronto vendrá mi pequeña y me acariciará y me mirará a los ojos. Los ojos y las manos de mi pequeña nunca serán capaces de engañarme. Aquí estaré... Si tuviese siquiera un poco de agua: hace tanto calor y tengo tanto sueño... No me puedo dormir.

Tengo que estar despierto cuando lleguen... Me siento más solo que nadie en este mundo... Aquí estaré hasta que me recojan. Ojalá vengan pronto.



Descansa en paz Drake, ellos no vendrán.

Robin

Viernes, 29 de Marzo de 2002

Querido diario.

¡Tengo cuatro días de vacaciones!

Espero con paciencia que la lluvia descargue, mañana con la atmósfera nítida y el dulce aroma húmedo del bosque lanzaré mis flechas al viento, Dios!! cuantas ganas tengo.

El fin de semana pasado se celebró en el TEM (mi club de tiro) un recorrido 3D de la liga catalana de bosque, como ya sabes querido diario este año he aparcado las competiciones para centrarme en otros compromisos que ocupan muchas de mis mañanas dominicales, la historia, la arqueología y la numismática. No obstante quise colaborar con la organización del recorrido que se celebró en mi club. Según los comentarios de los 115 arqueros que acudieron ese día creo que fue excelente, Josep Xuriach nuestro delegado del club diseñó un circuito que fue del agrado de la mayoría. Tuve la ocasión de estrechar mi mano con una larga lista de arqueros y arqueras, grato recuerdo que guardaré en mi diario de bitácora.



Blai - J.Durall - J.Barceló - D.Delgado - J.Sánchez


Mediodía, mientras la lluvia cae hojeo mis viejos libros sobre los celtas, una raza unida en lo más profundo de su esencia por una serie de actitudes de vida que los caracterizaron. Puedo apreciar cómo este pueblo consideraba en muy alta estima valores esenciales del espíritu humano, como la amistad, la valentía o la nobleza. Pero sobre todo hay en el legado de los celtas una premisa fundamental de la cual parte toda su sabiduría, el sentido de la libertad individual de la persona.

Anochece... caen las últimas lágrimas del cielo... la lluvia ha finalizado. Que hermoso estará el bosque mañana. Salgo a la terraza, la temperatura ha descendido considerablemente pero no lo suficiente para que no inunde mis pulmones con este aire fresco... puedo sentir la llamada del bosque, mañana... mañana será el día.

Robin



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