Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Domingo 18 de Marzo de 2018

Querido diario.

Carta de un buen amigo...



(Escuchando: "Hallelujah (Pentatonix)")


Se llama Miguel Angel, gallego de adopción, hijo de arqueros y un buen amigo mío. Aunque hasta la fecha no hemos podido compartir el vuelo de nuestras flechas hemos estado conectados a raíz de su incorporación al tiro con arco, algo parecido a lo que me sucedió con Betina.

Miguel Angel se incorporó a la familia del tiro con arco a la edad de 50 años, nunca es tarde para iniciarse en el tiro con arco. Hace ya un tiempo me envió una carta en la que me relataba sus orígenes y como llegó al arco y la flecha, ser arquero es algo que llevaba escrito en sus genes desde su nacimiento, le viene de familia.

Mi buen amigo es un ser de una enorme sensibilidad, es la voz de los sin voz, doy fe de ello. Esa sensibilidad fluye también en su forma de vivir el tiro con arco, por eso sintonizamos tan bien. Impulsivo al principio pero con muchas ganas de hacerlo bien, inicialmente le sujete las bridas en su búsqueda del tiro perfecto, en la actualidad anda suelto montado en ese potro a veces difícil de dominar que también define su naturaleza.



Esta es su carta...


Recién estrenada la década de los setenta, mi padre, Julio (Rodríguez de la Llana) y mi madre, Pilar (Álvarez Tomé), Pili para los amigos, hicieron el equipaje y abandonaron las tierras de Castilla, donde habían nacido y crecido, para instalarse conmigo y dos de mis hermanos en Galicia. Con ellos traían su equipaje, sus sueños y su familia, y además…su equipo de tiro con arco.

Quienes me han conocido recientemente, me aseguran que mi padre fue el hombre que introdujo el tiro con arco en Galicia, información difícil de contrastar después de tanto tiempo, pero lo que si me aseguran es que fue el fundador del primer equipo de tiro con arco en la provincia de Pontevedra.

Jamás disparé una flecha con ellos, pues cuando esto sucedía, no existía en España la posibilidad (creo) de hacerse con un equipo de iniciación infantil, por lo cual, cuando unos años después de instalarse en Galicia, decidieron guardar para siempre sus equipos en un armario, yo era demasiado pequeño y los arcos quedaron sumidos en el olvido durante cuatro décadas.

Siempre pensé que habían abandonado este noble deporte porque después de instalarse aquí (Vigo) la familia aumentó notablemente, sumándose a la prole tres preciosas niñas que hoy en día son mis grandes amores.

Pero tras haber vivido en mis carnes las retrógradas reacciones de propios y extraños tras mi denuncia en las redes de la situación de los deportistas en nuestro país por la falta de apoyos institucionales, sospecho que podría haber alguna razón más que jamás pude contrastar con ellos, pues de todo esto me he ido dando cuenta tras su lamentablemente triste fallecimiento.

Pili contrajo un cáncer de médula ósea que la fue consumiendo a lo largo de quince horribles años de quimioterapias y hospitales atestados de enfermos. Mi padre llevaba años intentando recuperarse de un embargo bancario por avalar a un hijo que no supo o no pudo hacer frente a las letras con las que se había comprometido.

En aquellos tiempos no existían las plataformas anti desahucios, por lo que hicimos las maletas y abandonamos lo poco que teníamos para que se quedasen con aquel pisito que no solo no pagó la deuda si no que imposibilitó de por vida la posibilidad de volver a remontar. Mi padre se hundió en la impotencia y, cuando unos años mas tarde diagnosticaron el cáncer de mi madre, la vida se convirtió en una carga demasiado pesada para ambos y él también enfermó.

Mi madre le pedía entre bromas arrancadas del dolor que no se le ocurriese morir antes que ella y dejarla sola. Él le juró que asumiría el dolor de su perdida para cumplir sus deseos. Y así sucedió. Mi madre falleció valiente hasta el final, dejándonos claro que ya no quería más sesiones de quimio y que le diésemos permiso para irse. En su lecho, entre divagaciones cuasi alucinógenas por la morfina que le administraban, todavía sonreía mirándonos y nos decía "hay que ver lo que cuesta morirse".

Una mañana en la que le dije que un ángel vendría a buscarla, una gaviota se posó en su ventana, y un rato después, expiró su último aliento. Mi padre cumplió su palabra y falleció solo una semana después.

Entre lágrimas y una extraña sensación de alivio por saber que la perra vida ya no les haría sufrir más, mis herman@s y yo comenzamos a recoger sus enseres en la casa donde vivían de alquiler con una ayuda del estado que les había sido retirada sólo un mes antes de morir. Entonces comenzó la magia.

Allí guardados, en el altillo de un armario, aparecieron sus equipos de tiro con arco. Mis hermanas me concedieron el honor de llevármelos y así lo hice. Mi intención no era otra que la de utilizarlos como adorno sobre la chimenea, pues, como he explicado, nunca había tirado con ellos ni una flecha, así que ni siquiera me sentía con ganas, a mis años (49 recién cumplidos) de someterme a la disciplina de un deporte que se me antojaba árida y demasiado exigente para un hombre de mi edad.

Pero el destino tenía otros planes...

Sólo unos días después de llevarme los arcos de casa de mis padres, leo en un periódico que nunca leo, un apunte sobre alguien a quien yo recordaba… Se trataba de un viejo compañero de tiro de mi padre. A pesar de los años lo reconocí perfectamente, pues no había cambiado su imagen, un reconocible "look" de media melena y barba completamente blancos (si, como tú, otra "coincidencia"?).

Supuse que a través del periódico o buscando viejos amigos de los mis padres, encontraría la manera de hablar con él, pues aquella aparición en la prensa me hizo sentir que aquello era otro mensaje "mágico" del destino.

Por si esto no fuese suficiente señal, y solo dos días después de leer aquel periódico, la Cofradía de Pescadores de Baiona, donde trabajo actualmente, organizó un fin de semana de degustación de productos pesqueros y… ¿a quien me encontré ante mis narices el primer día? Exacto, al barbiblanco amigo de mi padre. Él y su mujer me reconocieron al instante y, tras escuchar sus disculpas por no haber podido asistir al funeral pues estaban de viaje por Europa, les comenté mi intención de aprender a montar el arco para, tal vez, como mucho, tirar unas flechas en el jardín de casa.

Solícitos, se ofrecieron a invitarme a su casa, nada menos que la sede de Arco Vigo, el club de tiro que mi padre fundó junto a ese hombre de aspecto rockero, de nombre Miguel Cruces, que junto a Juan Bandeira y Benigno (no recuerdo nunca su apellido) me ayudaron a iniciarme en el noble arte del tiro con arco. Desde el primer día se mostraron asombrados (yo el que más) por mi facilidad para hacer blanco, con lo cual me facilitaron el equipo que necesitaba para tirar con seguridad en una modalidad que mis padres no practicaban: el tiro con arco "instintivo".

Con absoluta generosidad y paciencia, me entregaron sin coste alguno, flechas adecuadas, protector, dactilera y toda su experiencia para que pudiese continuar, a través de mí, el vuelo que los arcos de mis padres imprimían a las flechas. El arco de mi padre es también un Yamaha, pero un desmontable de cuerpo metálico con un tacto frio y un sonido a la suelta que no me convenció. En cambio el arco de mi madre… eso ya era otra cosa. Desmonté el alza de tiro olímpico y Beni preparó la ventana para que mis flechas saliesen correctamente a volar. En apenas un par de meses ya igualaba en destreza a aquellos veteranos que bromeaban con la posibilidad de "expulsarme" por tener la osadía de ganarle al "dueño" y al "presi". Fueron días emocionantes donde cada jueves me reunía con ellos para practicar.

Instalé en mi jardín un rústico parapeto y comencé a entrenar en "solitario". Mi progresión era tan rápida que enseguida me animaron a federarme para competir pues sabían que ese era mi deseo. La oportunidad de mostrarles a mis padres (creyendo a pie juntillas en la posibilidad de que pudiesen verlo desde algún sitio) que el desastre de su hijo (siempre fui un soñador y todo lo que se me da bien no da pasta) podía hacer algo bien. Asistí a algunos torneos de 3D donde ya comencé a llamar la atención alcanzando puntuaciones demasiado altas para un arquero que se había iniciado hacía tan solo tres meses.

En mi primer torneo en sala, me subí al podio como tercer clasificado, dejando a los asistentes boquiabiertos (yo el más boquiabierto) y preguntándose quien era aquél novato que tiraba como un demonio con un arco de tan solo 30#.

Comencé a sentir que había algo más que mi natural pericia (natural, no un mérito propio por años de trabajo) tirando flechas. El tacto del arco de mi madre en mi mano, su dulce tensión más que llevadera durante el anclaje, mi fijación por la búsqueda de algo más espiritual que el mero hecho de hacer pódiums, y el apoyo y cariño de los viejos compañeros de mi padre, me fueron guiando por el camino de la búsqueda de la perfección, y pronto, me fui alejando de las cuestiones técnicas (sin olvidarlas) y de modo autodidacta comencé a buscar la fusión entre relajación, respiración y concentración.

Aunque a algunos de los veteranos con los que me codeo en las competiciones parece que no les convence esta filosofía de entrenamiento, los siguientes podios que alcancé me situaron entre los mejores arqueros de mi comunidad. Un honor que me hacía mirar al cielo y sonreírle a las nubes. Un orgullo que me hacía besar mi viejo Yamaha y besar la alianza de mi madre que cuelga de mi cuello desde el día en que inició su más hermoso y largo viaje final.

Me preparé y luché para participar el torneo Nacional del que ya todo sabes. Fue duro, pero una de las experiencias más hermosas que he vivido en mi vida. Eso es todo. Un extenso boceto al que tus hábiles manos le darán la forma que desees, pues es para mí un honor jamás soñado, formar parte del maravilloso paisaje de tus escritos en "El Diario de Robin"

Un abrazo, maestro, hermano, amigo.

Miguel Angel Rodríguez Álvarez


Amigo Miguel Angel, ya formas parte del diario, pero hace mucho tiempo que tus pasos en el tiro con arco están escritos en mi memoria, soy tu amigo antes que maestro, ya lo sabes, y tu deuda conmigo es algo tan sencillo, hermoso y complejo como que algún día acompañes a otro aprendiz de arquero, recuerda... indícale la dirección y deja que ande su camino, pues en realidad es también un camino de autoconocimiento.

Hace tiempo que este viejo diario estaba adormecido, mi actividad arquera es muy escasa y me falta motivación para escribir, releyendo esta vieja carta quiero de alguna forma reactivarme y seguir añadiendo más páginas.

Finalizo con un video montaje que hace unos años hice para Miguel Angel, quise entonces dejar constancia de como nuestros padres no morirán realmente hasta que nosotros emprendamos nuestro último vuelo.




Hasta pronto amigos.




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