Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Viernes, 18 de Septiembre de 2009

Querido diario.

Tempus fugit...



(Escuchando: "Baby Can I Hold You (Tracy Chapman)")

Descansa en mi mano, su corazón efímero late ansioso esperando que mis dedos alarguen su vida un día más, es el momento litúrgico de darle cuerda a mis entrañables relojes de bolsillo, en cada uno late una historia que finalizó el día que su anterior propietario dejó de darle cuerda.

Hace unos años, mama me entregó un reloj de bolsillo que era de mi abuelo. Lo guardé con mucho cariño al ser prácticamente todo lo que quedaba de sus pertenencias, así que uní el viejo reloj a su recuerdo. Con el tiempo fui descubriendo el mundo de la relojería, aprendí su funcionamiento, incluso me atreví a destripar algún viejo reloj irrecuperable, tenía herramientas por mi afición a las miniaturas desde temprana edad.

Con los años he ido incorporando otros viejos medidores del tiempo, la mayoría de bolsillo, teniendo ahora una reducida pero curiosa colección.

El tiempo vuela, escapa. Han pasado los años y mis padres también marcharon, conservo sus relojes, antiguos la mayoría, de los de cuerda. Cuando inicio mi ceremonia nocturna de darles cuerda aprovecho para relajarme, como lo haría un japonés con su ceremonia del té, son momentos breves que podemos hacerlos trascendentes, importantes, como lo puede llegar a ser la sencilla suelta de una flecha.

Pequeños corazones del tiempo, todos ellos verdaderas obras de arte y precisión. Tengo uno gordito, americano de 1890 con su llave para darle cuerda, otro de reducido tamaño con mucha filigrana que es francés, también uno inglés que debió de alojarse en el bolsillo de un estirado gentleman, y el resto, suizos de prestigiosas marcas. Pero entre todos ellos, hay uno que aún puedo ver amarrado a su cadena descansando en el bolsillo del chaleco de mi abuelo, lo recuerdo perfectamente, mientras el abuelo me contaba sus hazañas con su bicicleta o sus aventuras de cuando era sereno, y como no... las anécdotas de cuando fue taxista, solía interrumpir a menudo sus relatos para comprobar la hora en su reloj, un emblemático Longines de bolsillo que sigue funcionando con gran precisión. Cada noche, cuando le doy cuerda, disfruto sintiendo sus engranajes vibrar entre mis dedos, ahora mientras escribo... varios tic tac se funden en uno, las pequeñas maquinas del tiempo me transportan desde su preciso presente hacia un pasado que sigue latiendo en mi recuerdo.



Como han cambiado las cosas, y como han cambiado los objetos que compramos, ningún teléfono móvil (celular) puede ni podrá, aunque eventualmente se vuelva un objeto histórico, evocar nada porque no están hechos para la posteridad sino para ser superados lo más rápido posible. Casi todos los objetos de nuestra cultura de consumo ultra veloz, están diseñados para que nos desilusionen y aburran lo más rápido posible y pasemos a comprar otra cosa. No importa cuánto diga la publicidad que tal cosa es como uno, casi todos los objetos que se fabrican hoy en día no son para que nos identifiquemos con ellos. El factor duración y confiabilidad han desaparecido entre las virtudes de los objetos de uso cotidiano, los técnicos de reparación (los relojeros, por ejemplo) son personajes anacrónicos, los pocos que conozco están jubilados. En la actualidad andamos por ahí cubiertos de ropa vulgar y artilugios de mala calidad. El nombre de un reloj Eternamatic, por ejemplo, no hacía referencia solamente a la eternidad del tiempo, sino también a que era un objeto para siempre.



"Tempus fugit" el tiempo se escapa, no se detiene, no como los relojes y quienes les damos cuerda.

Robin



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