Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Jueves 9 de Septiembre de 2010

Querido diario.

El nombre del mundo debería ser "bosque".



(Escuchando: "The Island Soundtrack (Steve Jablonsky )")

Antes de agotar esta última semana de vacaciones he querido sumergirme en el bosque para recargar mis baterías, hay que sentirse fuerte y seguro para todo cuanto esté por llegar, ya poco me importa la naturaleza de lo desconocido, lo verdaderamente importante es que disfrutándolo o superándolo me sienta verdaderamente capaz e intensamente vivo. El bosque como ya sabéis es esa catedral que ningún hombre ha sabido levantar, catedral que no todos respetan por cierto, y es cuando me sumerjo en su grandeza cuando sintonizo con el creador, puedo entonces vislumbrar el sentido de la propia vida, y eso amigos míos... no es poca cosa.

También han volado mis flechas, y muchas dianas han caído abatidas por su magia. Esta mañana Robin ha caminado por su bosque, podía parecer que estaba solo, pero nada más lejos de la realidad, hoy en el bosque éramos multitud... seres, pensamientos, emociones, sensaciones, de tal realidad, que han calado en lo más profundo de mi ser, renovándome, alcanzando todas ellas mi propio centro, esta mañana, el arquero... ha sido una vez más, diana.



Ayer por la noche una intensa lluvia señaló un esperado cambio de tiempo, el verano pronto se perderá definitivamente permitiendo al otoño penetrar lentamente en nuestras mentes. Hoy el día es luminoso, aunque el cielo esté parcialmente cubierto de algodón...



Vista desde la parte alta del recorrido


Bajo mis pies, la hojarasca cruje, son mis primeros pasos. Cuando suavizo mi tránsito por ella dejo de percibir su sonido, es ahora el movimiento de los árboles quienes captan mi atención, los adoro porque no hacen preguntas, solo sugieren respuestas.



Cruje la hojarasca...


Lentamente asciendo por una senda, a lo lejos diviso una diana, mi corazón redobla y un ligero escalofrío recorre mi espalda, los dedos sudorosos se afianzan a la empuñadura de mi arco, la otra mano va al encuentro de una de mis flechas. Preñado de vida soy consciente de todo cuanto va a acontecer en pocos segundos... cuando elevo mi arco parece que los árboles que me rodean quieran retroceder, todo el bosque se sumerge en mi silencio, mis dedos agarran la cuerda y mi espalda tensa a través de ellos la cuerda de mi arco, todo se desvanece, todo excepto una diana cada vez más luminosa, cada vez más cercana, hasta que la convicción acciona el resorte, los dedos se relajan y las palas del arco entregan toda su energía a la flecha para que inicie bruscamente su viaje. Sorprendida por su regreso a la vida, la flecha vuela veloz en busca de su destino. Mi silencio muere bajo el impacto de la flecha en la diana, los árboles hasta ahora encogidos se yerguen sobre sí mismos y el bosque conectado a mi corazón... explota en un éxtasis muy difícil de traducir en palabras.

Después de tantos y tantos años ejecutando esta liturgia, mantengo la capacidad de revivir la sensación de solemnidad que experimenté la primera vez que hice volar una flecha con un arco tradicional. Ha sido después de todos estos años, y ya debidamente forjado como arquero, cuando he alcanzado a comprender el lenguaje de las flechas, un lenguaje que los sentimientos y las emociones le dan sentido. Podría ser mil cosas, pero nunca dejaría de ser arquero.





Recojo mis flechas y las deposito en mi carcaj, con el arco en la mano reemprendo el camino. Potentes flechas de luz atraviesan el manto de los árboles, hay frenesí en el sotobosque, percibo murmullos de vida, me detengo y atiendo con todos mis sentidos, en ese instante me siento observado, produciéndose un momentáneo silencio, incluso los pájaros han enmudecido, uno, dos, tres segundos y de nuevo estalla el bosque.

El lejano ladrido de un perro me alcanza entre los árboles, son sonidos que el viento transporta y deja caer como una lluvia repentina, hay que estar atento, están sucediendo muchas cosas aunque aparentemente no suceda nada.

Resultan incontables los sonidos que puede uno percibir en el bosque, nuestro cerebro se merece las muchas caricias de su sonoridad acompasada. Es necesario que tales murmullos nos besen los labios del alma. Pero por encima de sus mil sonidos, el bosque se caracteriza por su silencio, un silencio que nos permite escucharnos y comunicarnos con nosotros mismos, la reflexión es la única forma de comunicación que podemos exhibir como exclusiva de nuestra especie, está próxima la estación de la introspección, del dialogo interior. Desde el corazón de este precioso bosque, intuyo un otoño preñado de sensaciones.



En busca de más dianas...


Mis flechas bailotean nerviosas en el interior del carcaj, mi mano las sujeta para detener su alboroto, unos pasos después me detengo junto a una nueva piqueta de tiro, una diana lobo me espera unos buenos metros hacia abajo, elijo al azar una de mis flechas, tenso mi arco hacia ese lobo distraído, dos nuevos impactos resuenan en el bosque...



Objetivo alcanzado



Un mundo de contrastes...


La mañana transcurre, van sucediéndose sonidos de impactos de flecha, hasta que el arquero protagonista se desvanece y con él, el bosque con todos los sonidos que albergaba su silencio... Suena el despertador, son las 7 de la mañana, debo levantarme, hoy voy a ir al bosque a tirar con arco.

Robin



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