Diario de Robin

Aprendiz de Arquero
Aprendiz de Hombre

Jueves, 1 de Noviembre de 2001

Querido diario.

El afán de ganar.

Hay una actitud que se arraiga cada vez con más frecuencia en los valores imperantes de la sociedad, el afán de ganar, de ser el mejor, la competitividad como meta que nos dará la felicidad, quizás sí, pero solo a unos pocos.

Recuerdo los espectáculos de las ceremonias de las olimpiadas, recuerdo como de todo el espectáculo deportivo nos quedan las imágenes de los triunfadores y de los perdedores. Glorificados los primeros, y dejados de lado los segundos. Todo parece apuntar que es necesario ganar la gloria olímpica que mitifica al primero y da complacencia al segundo y al tercero. Les deja subir al podio y los corona con una medalla. A todos los demás competidores, sin los cuales no habría sido posible la competencia y el espectáculo, se los ignora.

Cuando se instauraron las Olimpiadas modernas se nos vendió el lema: "lo que importa es participar" ... la sociedad ignora por completo esta idea inicial.

¿Hay algún motivo para intentar evitar quedar atrapados por el afán de ser el primero? Muchos, el principal, es que el espíritu competitivo está reñido con la capacidad de sentir felicidad solidaria. Para que uno gane, es necesario que los demás pierdan, y siempre habrá más perdedores que ganadores. La alegría y los honores siempre están reservados sólo a unos pocos.

El espíritu competitivo, además de ser insolidario, se sustenta en la angustia. La persona competitiva no tiene suficiente con hacer las cosas bien, las ha de hacer mejor que los demás, no tiene suficiente con pasárselo bien, se lo ha de pasar mejor que los demás. Teniendo esta escala de valores es imposible vivir de manera relajada, disfrutar de la realidad personal y la del entorno. El hombre tiene una cierta tendencia hacia el inconformismo, que se puede canalizar hacia un espíritu de superación personal o hacia un espíritu de competición con los otros. Comprendo que el Estadio se ponga en pie y aplauda al ganador de una maratón, el esfuerzo se lo merece. No comprendo mucho la indiferencia hacia los otros participantes y todavía entiendo menos que el último clasificado, a pesar de haber superado su propia marca personal, no tenga derecho a entrar en el Estadio. El Estadio, el público y los aplausos están reservados a los privilegiados.

Ojalá nos diésemos cuenta de que una gran mayoría somos como el último clasificado. Intentamos hacer las cosas bien, cuando superamos nuestra marca nos sentimos contentos, y si no, pensamos que ya lo haremos en otra ocasión. Si no somos así, seguro que vivimos amargados, no se puede superar una marca cada día por modesta que sea, y todavía menos, se puede ganar una medalla.

Si nos conformamos con participar, la felicidad está a nuestro alcance, si nos empeñamos en ganar, está nos será esquiva, los efectos secundarios pueden ser demoledores, este año he visto sufrir a un buen amigo.

La competencia está de moda. Las actitudes sociales llevan al individuo a manifestarse de manera agresiva con los demás. Hay que ser el mejor, hay que ser competitivo.

Alguien podrá argumentar que el espíritu competitivo impulsa a las personas, e incluso a los pueblos, a superarse, y en consecuencia, considerará que el hecho de ser competitivo es una ventaja que lleva a conseguir las metas deseadas. No hay duda de que es cierto que la competencia se convierte en motivación, pero lo que hay que analizar es "por qué" nos motiva. Posiblemente sea inevitable que el hombre se compare con los demás hombres, y que le resulte gratificante sentirse ganador. Entre los estímulos primarios del ser humano está el de la victoria, a todo el mundo le gusta ganar. Pero si a esta tendencia natural se le añade un espíritu educativo que la favorezca y al mismo tiempo, nos dejamos guiar por aquellos que creen que la competitividad es la motivación más poderosa, acabaremos engullidos por unos valores en los que el éxito personal será siempre vivido en función del fracaso de los demás.

Si nos diésemos cuenta de que siempre que alguien gana es porque alguien pierde, quizás no nos haría tanta gracia la victoria. Si éste fuese el único camino que llevase a la felicidad, siempre que alguien fuese feliz, lo sería a costa de la infelicidad de otro.

La satisfacción por las cosas bien hechas, la conciencia del hecho solidario, la desmitificación del éxito como equivalente de felicidad, el equilibrio afectivo y la capacidad de autovalorarse por lo que uno es, más que por lo que hace, podrían abrirnos la puerta a actitudes en las que la competitividad no tuviese ningún papel.

Por último querido diario, me ha entristecido enormemente la lectura de un párrafo en la revista arcos y flechas de este mes en la que se publica una crónica del campeonato de España de recorrido de bosque, dice así:

"A este campeonato asistieron algunas viejas glorias o tal vez debería llamarlas glorias viejas cuyo paso por el mismo resultó desapercibido tanto en lo concerniente a puntuaciones como a educación, menos mal que el tiempo pone a cada uno en el sitio que le corresponde"

Utilizar la crónica de un campeonato para manifestar desavenencias personales, no me parece acertado.

Me apasiona el arco, la flecha, la diana y me desaniman cada vez más las "competiciones" en las que unos persiguen el derribo de otros. Observar como se desea la caída de los campeones, quizás porque ello abre expectativas a quienes les disputan el podio. Que no me hablen de espíritu deportivo.

Robin

Domingo, 4 de Noviembre de 2001

Querido diario.

El sábado por la mañana encuentro con el viejo José y Blai en nuestro club. A primera hora me encontré con José cabreado hasta el tuétano de sus huesos, cuando le pregunté que le sucedía me dijo que alguien había destrozado nuestra pequeña carpa que nos daba cobijo en la zona de entrenamiento, también nos habían arrancado algunas dianas. Me cuesta entender como alguien puede encontrar satisfacción en este tipo de actos vandálicos. Procuré distraer al viejo José después de hacerle un "robin" con mi primera flecha y al rato inciamos una distendida jornada de tiro al tiempo que buscamos las setas que no íbamos a encontrar.

Robin

Domingo, 11 de Noviembre de 2001

Querido diario.

Una impresionante tormenta de viento y lluvia a hecho acto de presencia este fin de semana, que insignificantes nos sentimos los señores del planeta cuando quedamos a merced de los elementos.

Del calor veraniego que parecía eterno hemos caído de bruces en un mes de Noviembre real, con temperaturas 10 grados inferiores a las de hace una semana. Es sin duda el tiempo que corresponde, tiempo que me transporta muchos años atrás, cuando las estaciones se correspondían a sí mismas, cuando sabíamos convivir con el frío.

Recuerdo cuando era adolescente, cuando regresaba de la escuela al atardecer en la profunda quietud del invierno, con temperaturas que a veces no alcanzaban los cero grados, caminaba silencioso por las calles, mi respiración suspendía en el aire las pequeñas nubes plateadas de humedad helada que salían de mi cuerpo. Recuerdo perfectamente aquellos abrigos pesados, guantes, gorros y botas de agua. Era una época en la que el dinero escaseaba o quizás debería decir que era menos necesario, todos en la escuela parecíamos vestidos del mismo ropero. Hoy en día parecemos aparadores exibiendo lo que poseemos, ocultamos cada día más nuestro interior, incluso a nosotros mismos, vivimos la gran mentira del consumo y de la posesión, creemos que vivimos.

Que cierta es la frase: "no es rico aquel que más tiene, sino aquel que menos necesita" eran sin duda alguna, otros tiempos.

Aprendimos en aquellos años de las contrariedades, hoy en día se educa a los hijos evitándoles de todas las formas posibles las frustraciones, sobre todo antes de la adolescencia. La mayoría de padres confunden la felicidad de sus hijos con el hecho de evitarles todas las posibles contrariedades. Golosinas, juguetes, concesiones de todo tipo, impiden que el niño pueda aprender progresivamente lo que es una contrariedad y de una manera que no le resulte traumática. Con una experiencia previa en la que todo ha sido placentero y gratificante, resulta difícil aceptar las adversidades, en consecuencia se reacciona de forma desproporcionada cuando inevitablemente se presentan.

Sobreproteger a los hijos es la mejor forma de ponerlos en inferioridad de condiciones frente a la vida, ésta no suele sobreproteger a nadie y siempre es portadora de contrariedades. No se trata de buscar la adversidad por la adversidad, se trata de entender que es totalmente imposible que todo nos salga siempre como deseamos, hemos de aprender a convivir con las frustraciones.

En competiciones de tiro con arco la frustración por no alcanzar nuestros objetivos puede amargarnos la existencia, hay que saber reconocer la frustración, hay que aceptarla para que resulte soportable y luchar para tratar de mejorar en lo posible.

Robin

Viernes, 16 de Noviembre de 2001

Querido diario.

El temporal de agua y viento parece que ha amainado, atrás quedan millones en pérdidas y muchas horas de angustia.

Un viento que alcanzó los 140 Km. por hora arrancó árboles, tejados, persianas y todo lo que no era verdaderamente sólido. Por la mañana al dirigirme en automóvil al trabajo por una carretera local me sentí como una hormiga en medio de una estampida de elefantes, el auto parecía una barca que cambiaba de carril a merced de los caprichos del viento. La caída de algunos árboles destrozó cables del tendido eléctrico. Es desesperante comprobar el grado de dependencia que tenemos con la energía eléctrica, nada funciona sin ella. Por la noche cuando regresé a casa me encontré al enano rezándole a un enchufe, creo que padecía el síndrome de abstinencia televisiva, esa dependencia de la caja tonta es algo que empieza a preocuparme.

Cuando la naturaleza se revuelve un poco, toda nuestra ingeniería se viene abajo, el viento ha arrancado tejados y antenas, pero también le ha dado un buen azote a nuestra arrogancia. La naturaleza y la propia vida a veces parece no tener sentido, es cruel, necia y a pesar de todo maravillosa, no se burla de los hombres (que para eso hace falta tener espíritu), pero tampoco se ocupa de ellos más que de las arañas. Que el hombre sea un capricho y un juego cruel de la naturaleza, es un error que imagina el hombre porque se considera muy importante. Tenemos que ver que a nosotros, los hombres, la vida no nos resulta más difícil que a cualquier pájaro u hormiga, sino más fácil y más hermosa. Tenemos que aceptar la crueldad de la vida así como la necesidad de la muerte. Sólo después de digerir toda la atrocidad o falta de sentido de la naturaleza podremos empezar a enfrentarnos a esta cruda falta de sentido y arrancarle un significado. Es lo máximo y lo único que es capaz el hombre. Todo lo demás lo hacen mejor los animales.

Robin

Sábado, 17 de Noviembre de 2001

Querido diario.

Esta mañana encuentro con Jordi en Barcelona.

Como es habitual en mi entrañable amigo, tenía preparada una ruta matinal de la que no me había anticipado nada.

A medida que transcurría la mañana íbamos charlando sin darme cuenta del laberinto de pequeñas calles por las que me conducía.

Entramos en el parque de la Ciudadela y sin decir ni pío me conduce ante un hermoso ejemplar de "Osage Orange" uno de los muchos árboles que uno puede contemplar en el parque, es el de la foto junto a estas líneas. Este árbol es la materia prima que utilizaban los nativos americanos para fabricar sus arcos.

Osage Orange del Parque de la Ciudadela (Barcelona)

Después de pasear por el parque hemos entrado en el Museo de Arte Moderno de Barcelona. Allí he podido contemplar obras de Santiago Rusiñol, Joaquim Vayreda, Joan Ferrer y Ramón Casas entre otros artistas. Muchas de ellas me han causado indescriptibles sensaciones.

Santiago Rusiñol

Una obra de arte ha de transmitir "algo" a quien la contempla, me importa un bledo quien la firma ni la etiqueta que le cuelgan quienes pretenden intelectualizar el arte. El arte tiene que ver con síntesis, con imágenes, hay quien prefiere los conceptos a las imágenes. Ante una buena obra de arte desnudo mi mente de la misma forma que lo hago ante la gran obra de arte que es el bosque.

El arte supremo no necesita ni de aclaraciones ni de psicología aplicada, expresa sus formas y confía en su encanto. Posiblemente el arte sea la contemplación del mundo en estado de gracia.

Sólo grandes artistas como Casas o Rusiñol son capaces de reflejar lo sencillo, lo irreductible, lo ingenuamente primitivo. Creo que repetiré mi visita al Museo en pocos días.

Robin



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