Kronus

La ruina de Craso

Hoy os voy a llevar a la roma pre-imperial. Es el año 55 antes de Cristo. La convulsa república romana está regida por un triunvirato compuesto por tres individuos que darán mucho de qué hablar: Marco Licinio Craso, Cneo Pompeyo Magno (Pompeyo el grande) y Cayo Julio Cesar. (El de "veni, vidi, vinci" y "alea jacta est".)

De izquierda a derecha, Cesar, Pompeyo y Craso: El trío ¡calavera!

Marco Licinio Craso, nació en el 115 antes de Cristo y era el hijo pequeño del senador Publio Licinio Craso. Tras la muerte de sus dos hermanos y su padre en la guerra social y las represiones que siguieron al conflicto. Marco salvó su vida exiliándose a Hispania a las propiedades familiares, sin embargo la venganza y el honor exigían que no se mantuviera al margen, debiendo tomar parte por un bando. Craso se alió con Lucio Cornelio Sila y empeñó su fortuna familiar en levantar un ejército que pondría a las órdenes de Sila.


Busto de Marco Licinio Craso.

La jugada le salió bien, porque arrimándose a Sila, Craso había apostado por el caballo ganador en la carrera por el poder. Eso no quiere decir que Craso no tuviera méritos propios. En la primera guerra civil, se destacó en combate en la batalla de Porta Collina. Cuando acabó el conflicto, llegó el momento de recoger las ganancias de sus apuestas, y tras beneficiarse de algunas prescripciones que le otorgó Sila, Craso se lanzó con una avidez nunca vista a amasar una fortuna.


Roma era la metrópolis donde en aquel momento todo era posible.

Craso especulaba en el mercado en multitud de negocios que iban desde el comercio, esclavos, construcción, gestión de monopolios estatales (Por ejemplo, Craso tenía la licencia en exclusiva de las brigadas de bomberos de la ciudad de Roma. los bomberos eran una empresa privada y el estado romano le pagaba a Craso la contratación del servicio). Craso no le hacía ascos a nada. Incluso era propietario de varios Lupanares (casas de prostitutas).

Trabajando siempre a través de intermediarios ambiciosos que hacían las veces de testaferros, Craso estaba a salvo de ser culpado si algo salía mal. Craso especulaba, cuando la especulación fallaba, cogía el toro por los cuernos y negociaba y si la negociación le salía rana, pasaba directamente a la extorsión y aún más allá. (Aunque nunca se pudo probar que fuera directamente responsable de las sospechosas desgracias y asesinatos que asediaban a los que tenían el poco juicio de no ceder a sus presiones).

Decir que Marco Licinio Craso era rico, era quedarse corto. Craso se había hecho inmensamente rico. Tan rico que como el Rockefeller de su época, su nombre pasó a convertirse en sinónimo de acaudalado: Cuando un romano le pedía un préstamo de bulto a un amigo, el amigo replicaba:

- ¿Cómo? ¿De dónde quieres que saque tanto dinero? ¿Te crees que soy Craso?

La cosa llegó a extremos inauditos. Por ejemplo: Craso fue sorprendido en la cama con una virgen vestal. Era un sacrilegio del más alto orden y un crimen sin paliativos. Cuando el tribunal le preguntó qué le había movido a cometer semejante desvarío, Craso dijo que se había acostado con ella para arrebatarle sus propiedades (al parecer la joven era la heredera de una acaudalada familia). El tribunal creyó a Craso.


Estatua de una virgen vestal.

Craso invirtió su fortuna con muy buena vista. Invertía en política. Prestaba dinero a familias influyentes con problemas económicos, compraba favores para terceros, Organizaba fiestas, daba suntuosos regalos...su oro era el aceite que engrasaba las relaciones con los caballeros Equites, un importante grupo de poder en Roma. Uno de los hombres que recibe regularmente ayudas financieras de Craso de proporciones colosales es un joven político sin un duro en la bolsa y con un agujero en el bolsillo llamado Cayo Julio Cesar.

En el 73 antes de Cristo, Craso fue requerido por el senado para aplastar de una vez por todas la revuelta de gladiadores liderada por Espartaco que hasta aquel momento había apalizado impunemente cuanto Roma le había enviado para doblegarlos. Craso se preparó durante 6 meses y luego marchó contra Espartaco, aplastando al ejército de esclavos en Apulia (el talón y tacón de la bota de Italia). Tras la victoria, Craso ordeno crucificar a un prisionero cada pocos metros durante toda la vía Apia desde Apulia hasta Roma (unos 400 Km). La vía Apia se vio "decorada" por más de 6000 crucificados. Con su ojo para la política, Craso compartió los honores de la victoria con Pompeyo.


Laurence Olivier interpreta a
Craso en la película "Espartaco".

Héroe laureado de Roma, Noble miembro de una familia senatorial de larga tradición, Hombre inmensamente rico, Amigo y creditor de los poderosos, Craso tiene Roma a sus pies y la toga senatorial le comienza a quedar pequeña, sin embargo, sigue maniobrando en la oscuridad haciendo que otros luchen sus batallas: Apoya al senador Catilina, feroz enemigo de Cicerón. Pero el senado es el senado, y Craso se encuentra con la feroz pero efectiva resistencia del senador Catulo, que veta una y otra vez sus proyectos más emblemáticos.


Fresco de Cesar Maccari: Cicerón denuncia a Catilina en el Senado.

En esta tesitura, tres senadores hacen una alianza secreta: Julio Cesar, Pompeyo el Grande y Craso: El triunvirato. Ostentando cada uno de ellos las posiciones claves en el senado, Roma son ellos. Pero no hay que olvidar que cada uno de ellos tiene sus propios objetivos.

Julio Cesar en la Galia, está amasando gloria y fortuna. Una tras otra, las ciudades galas van cayendo sometidas. Pompeyo le hace ver a Craso que Cesar se está haciendo inmensamente popular y que haría bien en tomar alguna acción.

Craso se devana los sesos. ¿Cómo contrarrestar el creciente poder de Cesar? De repente se le enciende la bombilla: Hollando los mismos pasos de Cesar. Buscar un enemigo y conquistarlo. Y si es posible, un enemigo aún más formidable y peligroso que esas pandillas de barbudos barbaros vociferantes con los que Julio Cesar se divierte en la Galia.

El mapa de Roma no deja demasiadas opciones. Cartago es Historia. Egipto está de rodillas ante Roma y se está tramitando su estado de provincia. La Galia está siendo sometida por Julio.... Entonces ¿quién?

En el otro lado del mediterráneo, más allá de Judea hay un importante imperio... El imperio Parto. Una nada despreciable porción de tierra que en su momento de máxima expansión incluirá lo que hoy en día es Irán y partes de Armenia, Irak, Georgia, este de Turquía, Este de siria, Turkmenistán, (eh! Borat!) Afganistán, Tayikistán, Pakistán, Kuwait, la franja costera de Arabia saudí que da al golfo pérsico, Bahréin, Qatar, y los Emiratos. Casi nada.

Herederos de los temibles persas, los Partos son - En apariencia - un sólido imperio en expansión.

Sin embargo, visto desde dentro, el imperio parto no es tan sólido: El buen rey Phraates III ha sido asesinado por sus dos hijos, Mitriades y Orodes. Orodes traiciona a Mitriades y se queda con el trono. Mitriades sale por piernas y ¿a quién le pide ayuda? Pues se va a Judea a ver al Procónsul Romano en Siria, Aulo Gabinio.

Debido al constante polvorín que era - y sigue siendo hoy en día - la zona de Judea, el procónsul romano, tiene la potestad de declarar la guerra en nombre de Roma. Cuando Mitriades le pide ayuda a Gabinio, este ve que la intervención de Roma en un imperio Parto en guerra civil, puede ser una oportunidad demasiado buena para dejarla escapar. El lado vencedor (apoyado por las poderosas legiones romanas) contraería una deuda de por vida con Roma que se traduciría de hecho en vasallaje a Roma. El procónsul que llevara a cabo la hazaña podría volver a Roma cubierto de Gloria y Oro.

Entonces aparece Tolomeo de Egipto (Padre de la archifamosa Cleopatra) que acaba de ser sacado de su trono a patadas y ofrece a Gabinio una auténtica fortuna a cambio de que Gabinio le ayude a volver al trono. Esto solventaría la entrada de Egipto como provincia Romana, y lo más importante, llenaría la bolsa personal del procónsul de una forma indecente. Gabinio se lleva sus legiones a Egipto pensando que Partia puede esperar.

Mientras tanto, Mitriades, desesperado, va en busca de ayuda a Babilonia, una de las pocas ciudades que le es fiel. Pero en cuanto Mitriades llega a Babilonia, pisándole los talones se presenta el general Surena con el ejército Parto. Babilonia cae y Surena, siguiendo las órdenes del Rey Orodes, ejecuta a Mitriades. El orden ha sido restablecido en Partia.

Sin embargo Gabinio, que ha llenado su bolsa en Egipto colmando sus más alocadas aspiraciones, quiere jugar a lo de doble o nada, así que comienza a inflar los informes a Roma con exageraciones sobre el peligro que supone Partia y prepara sus legiones.

Es justo en ese momento cuando Craso, que está deseando cubrirse de gloria, lo arregla todo para que le nombren Procónsul de Siria. Gabino deja el puesto con todo el dolor del alma, suspirando por la oportunidad perdida.

Craso llega a Judea con su hijo y un regalo financiado por el bolsillo de Julio Cesar: Mil jinetes Eduos para reforzar su caballería. Sin embargo, Craso confía ciegamente en la piedra de toque del poder de Roma. La fuerza de sus legiones. El legionario Romano es un profesional. Vive de y para la Legión. Dicen que sus entrenamientos son batallas incruentas y que sus batallas son sangrientos entrenamientos.

Equipados con un pesado y gran Escutum (escudo), dos pilums (lanzas arrojadizas), un Gladio (Espada Corta), tienen un equipamiento personal estandarizado: Casco con guardas para proteger la cara, y la Lorica Hamata: Una armadura de cota de malla, fuete flexible y con refuerzos en los hombros. (Faltan años para que se imponga la más pesada armadura de láminas de metal, la Lorica Segmentata)


Legionarios con la Lorica Hamata.


A la izquierda, una Lorica Hamata de la época de Craso,
a la derecha una Lorica Segmentata de una época posterior.

Craso, actúa con la discreción de un toro que acabe de saltar sobre el pasillo que rodea la plaza: Ninguna. Nada más llegar, lanza un ataque de exploración en las guarniciones y ciudades fronterizas de Partia, que caen bajo los ataques romanos. Luego, en lugar de profundizar por el valle del Eufrates, aprovechando el factor sorpresa, se detiene y devuelve el grueso de las legiones a Judea para pasar el invierno allí. Deja pequeñas guarniciones en los pueblos conquistados. El ataque no ha servido para nada, excepto para dar la alarma a Partia y darle tiempo para prepararse. Además, Craso se lleva una impresión muy pobre del potencial de las fuerzas Partas.

Cuando Craso, llega a Jerusalén para pasar el invierno, se comporta con la sutileza de un carro de combate dando trompos en una tienda de cristal de Venecia.

Promulga una leva forzosa para reforzar sus legiones y dotarlas de fuerzas auxiliares. Es una medida muy impopular. Segundo, promueve un "impuesto especial de guerra" Lo cual solivianta automáticamente a la población judía. Por si no fuera poco, en su avaricia saquea las riquezas del templo de Salomón en Jerusalén, provocando un altercado que perdurará siglos.

Convencido de que los Partos no le darán mucha guerra, se dedica a establecer contactos con los Armenios y no se preocupa específicamente en entrenar a las tropas. Para un soldado profesional, un invierno en la molicie, sin hacer nada, tiene un efecto nefasto en la moral y la preparación física.

Durante el invierno, aparecen los primeros signos de alarma. Supervivientes de las guarniciones dejadas en las ciudades fronterizas conquistadas al enemigo, comienzan a gotear de vuelta a Judea. Explicando que el enemigo, en gran número y fuerza, está recuperando todo el territorio ganado durante el verano anterior. Craso no quiere oír hablar de nada. Tiene otros problemas: El senado comienza a cuestionarse los motivos de Craso y Julio Cesar le envía una carta apremiándole a hacer lo que él hace en la Galia: Tomar acción antes de que el senado tenga tiempo de emitir vetos. Ya se sabe que no hay más ciego que el que no quiere ver.

Cuando el aliado de roma y Rey de Armenia, Artabaces, Vecino de Partia, visita a Craso y descubre la composición del ejercito de Craso, Legiones de soldados de infantería pesada con tropas auxiliares a pie y unos pocos cientos de caballería ligera, se da cuenta de que Craso tiene un problema. Artabaces conoce bien la forma de luchar de los Partos y le previene que los partos luchan sobre todo a caballo. Las fuerzas de infantería con tan poca caballería no tienen nada que hacer, sobre todo, si la hace avanzar por terreno abierto y llano, como el que hay entre Judea y Mesopotamia.

Artabaces le ofrece su propio ejército como apoyo y le propone avanzar hacia el corazón de Mesopotamia atravesando Armenia. De esta forma, seguirá una línea de cordilleras cuyo relieve provoca que sea complicado para que una formación de caballería preste batalla y es mejor para la infantería. Craso no quiere oír hablar de nada que suponga un retraso. Está hambriento de Gloria. En cuanto comienza el verano, Craso se pone en marcha por el camino más corto posible, en línea recta desde Judea. A través de las fértiles llanuras que le llevarán a Mesopotamia. Artabaces no es ni un loco ni un suicida, así que dado que Craso quiere avanzar por terreno abierto, que lo haga solo. No le presta ni un hombre. Las fuerzas de Craso son imponentes: Siete legiones. 4000 hombres de infantería pesada por legión. (28000 legionarios) 4000 auxiliares de infantería ligera reclutados en Judea, 3000 jinetes de caballería ligera reclutados en Asia menor y los 1000 veteranos de caballería ligera de Julio Cesar.

Cuando hablamos de soldados de infantería o caballería, ligera o pesada, el adjetivo va en función de la armadura y el equipamiento. Un soldado de infantería ligera va muy poco protegido, pero se puede mover muy rápido. Un soldado de infantería pesada va muy protegido con armadura pero lo tiene crudo para correr durante demasiado rato. Lo mismo vale para la caballería.

Así que ya tenemos a todos los actores en el escenario para el clímax de esta historia. Es el año 53 antes de Cristo.

Por un lado Craso, con sus legionarios, dispuesto a llevarse su trozo de Gloria y riquezas e inscribir su nombre en la historia de Roma. Por el otro, el ejercito Parto, al mando del general Surena.

Cuando se aprestan para atravesar el rio Éufrates, Casio, (el mismo que participaría en la conjura con Bruto para matar a Cesar) le aconseja a Craso que sería mejor acampar a este lado del rio y atravesarlo al día siguiente, para luego seguir el curso del rio en una ruta fácil y segura. Antes de que puedan tomar una decisión, llega a través del rio una fuerza de 6000 jinetes persas al mando de un tal Ariamnes. Se declaran amigos y desertores de los partos y les explican que los partos al ver acercarse a los romanos con semejante ejército, han puesto pies en polvorosa. Les explica que el ejército parto está en desorden a poca distancia de ahí, tras atravesar el rio en dirección al poblado de Carras, a pocas leguas en el desierto. Si así lo desea el divinal Craso, su humilde siervo Ariamnes tendrá el placer de liderar la marcha y llevarles a donde podrá masacrar a los partos.


El Éufrates en el punto del vado de Zeugma.

Craso no quiere esperar. Pone a las tropas en marcha y atraviesan el rio por el vado. Luego se adentran en el desierto. La verdad es que Ariamnes ha marcado el gol de su vida: No ha desertado; Trabaja para Surena. Y si que es cierto que lleva a los romanos hacia los Partos, pero éstos no están ni desorganizados ni en desbandada. Craso ordena paso rápido para que su ejército alcance al ejercito parto en retirada.

Pronto, las tropas romanas avanzan por un terreno completamente llano y árido. Agitado por miles de pies, del terreno se levantan nubes de polvo que se meten en los ojos y en la boca de los legionarios. Y el calor... tanto calor... La boca se seca, el sudor cae a chorros por el casco, empapa las ropas bajo la armadura, las correas de cuero escuecen...


La llanura de Carras. (Carrhae) en la actual Harran.

En este punto, Ariamnes, dice que va a localizar la retaguardia Parta y sale como una exhalación al frente de sus 6000 jinetes. Ha cumplido su trabajo y lo ha hecho impecablemente.

Cuando los legionarios se acercan a Carras, en una estirada formación de columna, tal y como han quedado tras cruzar el vado, distinguen algo en el horizonte. Ese algo se acerca y descubren que se trata de una gigantesca masa de caballería. Es el ejército Parto de Surena que se acerca.


Estatua de bronce de Surena.

Acostumbrados a luchar en llanuras y desiertos de infinita extensión, los ejércitos partos han evolucionado una forma de combate basada exclusivamente en la capacidad de movilidad. ¿Y qué es más móvil que la caballería? El ejército parto se compone exclusivamente de caballería. No llevan con ellos nada de la lenta infantería. Es un concepto diametralmente opuesto a la doctrina bélica romana, que se basa en el choque de infantería y en la superioridad de la disciplina y el equipamiento romano. En cambio si algo no se puede mover y no se puede mover rápido en estas inmensas llanuras, no sirve para la doctrina bélica de los Partos.

La caballería parta, se divide en dos grupos. Caballería pesada (catafractos) y caballería ligera (arqueros).

Los Arqueros montan caballos rápidos y ligeros. Los hombres no llevan armaduras. Su táctica es acercarse, lanzar flechas y si son atacados, retirarse todo lo rápido que se lo permita su montura. (Muy rápido, vamos).


Arquero Parto.

El arma de los arqueros es el arco Parto (virtualmente idéntico al conocido como Arco Escita). Es un arco recurvado típicamente oriental, de materiales compuestos y capaz de lanzar las flechas con una velocidad de salida más alta que con los arcos griegos o rectos europeos. Como todos sabemos, esto significa más poder de penetración y más alcance.


Arco Escita.

Los catafractos son jinetes acorazados a lomos de gigantescos caballos criados y seleccionados generación tras generación por su tamaño y su capacidad para transportar al jinete y su armadura. El propio caballo está protegido por una manta con láminas de metal. Su equipo está diseñado para ser impermeables a los arqueros montados enemigos. Su táctica consiste en cargar y empalar a los enemigos en el extremo de unas largas lanzas. Si atacan a infantería la táctica es aún más sencilla: Cargar contra la infantería y arrollarla. No hay hombre capaz de resistir a pecho descubierto el impacto de un gran caballo a galope cargado con un jinete y suficiente hierro como para hacerse un yunque. La larga lanza del jinete concentra todo ese peso e inercia en un punto focal que es capaz de empalar a varios hombres a la vez.


Los catafractos, caballería pesada Parta.

Surena tiene a sus ordenes unos 1000 catafractos y 10000 arqueros a caballo, además de un gigantesco tren de suministros transportado en camellos. Viene desplegado en un amplio frente. Siguiendo las órdenes de Surena, los catafractos tienen su armadura cubierta por unos lienzos de tejido oscuro para que el brillo del metal no delate su presencia.

Craso, en un principio, ordena a sus legiones que formen en línea. Es decir, formando una larga línea de cohortes apoyadas por líneas posteriores de refuerzo. Con el fin de presentar al enemigo el frente más ancho posible. Pero mientras las jadeantes legiones se despliegan sobre el terreno Craso se da cuenta de que no le va a dar tiempo de desplegar a todos sus hombres antes de que se entre en contacto con el enemigo, así que a medio despliegue cambia las ordenes y les ordena formar en un gigantesco cuadro con 12 cohortes por cada lado. Una vez hecho esto, da a todo el ejército orden de avanzar manteniendo la formación en cuadro.

Surena pretendía sorprender a los romanos, así que según lo previsto, cuando los romanos alcanzan la distancia idónea para una carga, un terrible redoble de cientos de tambores da la señal para que la fuerza de choque, los catafractos, se desprendan de las ropas que los cubren y se muestren en su terrible grandeza con sus relucientes armaduras. Grandes banderas multicolores de un tejido brillante se levantan ante el asombro de los romanos. Occidente observa la seda por primera vez. Acto seguido los catafractos inician la carga. Surena se da cuenta de que la formación romana es ahora demasiado gruesa como para que los catrafactos puedan atravesarla de parte a parte, así que hace sonar las tubas y callar los tambores. Es la señal de retirada para los catafractos, que dan la vuelta a sus monturas y se vuelven sin haber entablado combate.

Craso cree que los catrafactos se han dado la vuelta por cobardía, así que da órdenes a sus tropas de infantería ligera auxiliar que salgan en persecución de los catafractos. Entonces viene la segunda sorpresa. Los 10000 arqueros de Surena se han desplegado por la llanura rodeando la formación romana y dejan ir un diluvio de flechas que diezma en cuestión de minutos a los desprotegidos auxiliares romanos. Los supervivientes vuelven a la carrera a la protección del cuadro.

Ahora es el turno de la legión. Siguen avanzando a paso de marcha, pero no demasiado rápido porque tienen que prestar atención para no romper la formación. Sin embargo, el enemigo no está inmóvil. Es como una nube que fluye alrededor de la formación romana. Surena da orden a los arqueros de que ataquen la formación principal romana. Los arqueros se acercan por todos los lados y comienza un impresionante diluvio de flechas sobre los legionarios. Pronto los sorprendidos legionarios constatan que las flechas de estos arcos penetran las cotas de malla. Para ellos es una sorpresa desagradable. Mucho. La mayor potencia de los recurvos escitas supera con creces aquello con lo que los romanos se han tenido que enfrentar hasta el momento. Craso da orden de alto y ordena que la formación se compacte y se protejan con los escudos. Craso sabe que los arqueros tienen un suministro de flechas limitado, así que supone que en cuanto se les acabe la munición, se habrá acabado el martirio, mientras tanto, los legionarios deberán soportar la densa lluvia de muerte. Es inevitable que tarde o temprano, las flechas se cuelen entre los escudos y encuentren un blanco. En algún momento, se da la orden de formar el "testudo" (la tortuga) pero enseguida pueden ver como los catafractos se posicionan para atacar la tortuga romana, por lo que los hombres deben abandonar la protección de la tortuga y volver a depender de su propio escudo.


Los legionarios impotentes ante un enemigo al que no pueden alcanzar.

Craso debe deshacerse de los catafractos, así que da orden a toda su caballería gala de que salga del cuadro y ataque a los catafractos. Son 1000 catafractos contra 1000 jinetes ligeros. Los catafractos no tienen ni para empezar. Son como tanques abriéndose paso en un campo de maíz. Los supervivientes, agotados, con el corazón en un puño, locos de sed y de calor vuelven al cuadro, donde les aguarda la muerte en forma de lluvia de flechas. En la refriega ha muerto Publio, el jefe de la caballería romana e hijo de Craso. Los partos empalan su cabeza en una lanza y la pasean frente a las asediadas cohortes.

Surena ordena la siguiente sorpresa del día. Hace avanzar el tren de camellos. Cientos de camellos se posicionan alrededor de las fuerzas romanas. En sus gigantescas alforjas se transportan miles de haces de flechas. Los arqueros a caballo que han agotado la munición, no tienen más que cabalgar hasta uno de los camellos, pasar por su lado y coger un nuevo haz de flechas de las alforjas antes de volver a la refriega. Cualquier intento romano de atacar a los arqueros es recompensado de inmediato con los arqueros dando la grupa a los romanos y espoleando a los caballos, mientras se giran en la montura y disparan hacia atrás. Es el conocido "Tiro Parto". Surena sabía que la victoria residía en mantenerse a distancia de los romanos y matarlos a distancia con sus arqueros.


Jinete ejecutando el tiro parto.
Disparar hacia atrás mientras
se retrocede y se mantiene la
distancia que le separa del enemigo.

Mientras tanto, la sed y el calor iban pasando factura. Las cohortes perdían su formación mientras amagaban infructuosos golpes contra los arqueros. En cierto momento, se urgió a los legionarios que cargaran contra las catafractas, pero estos mostraban sus brazos, clavados a los escudos por la enorme cantidad de flechas que había atravesado la madera y sus pies clavados al suelo por flechas que se había colado por los huecos entre escudos, con lo que no podían ni defenderse ni huir. Muchos hombres murieron de agotamiento aquel dia. Otros muchos, demasiado cansados y enloquecidos buscaron una muerte rápida. Miles quedaron allí, asaeteados repetidamente hasta su muerte.

Los partos no tenían costumbre de atacar durante la noche, así que al final del día, abandonaron el campo de batalla. Los romanos, temiendo una treta, decidieron retirarse del campo en orden de batalla hasta llegar a la ciudad de Carras. Aquel movimiento se prolongó hasta bien entrada la noche, y en la oscuridad, los nervios jugaron terribles pasadas a los asustados legionarios, que esperaban que en cualquier momento, surgieran de la oscuridad los jinetes partos y los masacraran. Quedaron sobre el lugar de la batalla más de 4000 heridos (el equivalente a una legión entera). No se sabe cuántos muertos.

Al amanecer volvieron los partos y se cebaron en el exterminio de los heridos romanos. De un contingente de 2000 hombres que se extraviaron en la retirada en la oscuridad y fueron sorprendidos al descubierto cuando llegó el día, sólo 20 sobrevivirían para llegar a Carras. Ahora Craso estaba asediado en un pequeño pueblucho amurallado que no les podía abastecer durante demasiado tiempo.


Restos de la ciudadela de Carras.

Surena ofreció a Craso una rendición y salvoconducto hasta Judea si Craso aceptaba firmar la paz en nombre de Roma. Craso aceptó. Pero entonces, el ejército Parto comenzó a gritar a los hombres sitiados, que si querían sobrevivir debían entregar a sus generales atados. Los legionarios en un último toque de orgullo dijeron que ni hablar. Que no se negociaba. Y así pasó el día. Los romanos planearon fugarse de Carras y del cerco parto aquella noche en cuanto los Partos se retiraran a pasar la noche.

En Carras vivía un tal Andromaco, que fue llevado ante Craso quien le interrogó sobre las mejores rutas para la retirada. Tras horas de conversación, Craso decidió confiar en Andromaco para guiarles. Era otro error. Andromaco era leal a Surena y en cuanto se hizo oscuro, guió a los legionarios por la oscuridad dando multitud de inútiles rodeos y metiéndoles por el peor camino que pudo encontrar. Obviamente, los legionarios no podían ver el resto del paisaje y creían lo que andromaco les decía.

Por seguridad, Craso había dividido sus fuerzas en varios contingentes. Un grupo, con 500 jinetes, estaba al mando de Cayo Casio Longino, el cual -con razón- no se fiaba ni un pelo de Andromaco, así que al amparo de la oscuridad, decidió desertar y se separó del contingente principal y puso rumbo directo hacia el oeste. Consiguieron cruzar el Éufrates y llegar a la seguridad de Judea.

Otro grupo, de 5000 hombres, Poco más de una legión, al mando de un legado de Craso llamado Octavio, y fueron a parar a las montañas sinacas. Un terreno difícil no apto para maniobras de caballería. Llegarían al amanecer y se fortificarían.

No lejos de allí, a Craso, la llegada del día le sorprendió en medio de un terreno pantanoso, enlodados hasta las rodillas y con sólo un pequeño promontorio donde guarecerse. Para su desesperación constató que la marcha nocturna le había llevado a las fauces del león. Estaban rodeados por las fuerzas Partas. Tras un rápido recuento, comprobó que sólo le quedaban cuatro cohortes y un puñado de jinetes. Sin embargo, en el terreno más difícil, los jinetes partos no podían evolucionar como en la llanura y no conseguían hacer mella.

Octavio, desde las colinas, podía ver lo que ocurría en la llanura, así que reunió a sus hombres y marchó en ayuda de Craso. A primera hora de la tarde, lo que quedaba del orgulloso ejército romano estaba roto y agotado. Pero aún así, se aferraban firmemente al peñasco y resistían. Surena sabía que no podría completar la batalla antes de acabar el día, así que repitió la oferta de dialogo del día anterior. Esta vez, los legionarios ya habían tenido suficiente. Increparon a Craso diciéndole que si no firmaba la paz, ellos mismos le matarían.

Craso y su estado mayor se aprestaron a dialogar con Surena. Entonces aparecieron unos partos con un caballo para Craso. Decían que Surena atendería la conferencia a lomos de su animal y que para no ser inferior, Craso debía conversar también desde la silla de un caballo. Craso se negó porque la costumbre romana no exigía dicho trámite equino. Los hombres partos cogieron a Craso y lo hicieron montar a la fuerza en el caballo, acto seguido dieron una palmada para que el animal saliera al galope hacia donde estaba la conferencia. Los oficiales romanos trataron de detener el animal y los sirvientes Partos trataron de abrirle camino. Se comenzaron a insultar. Alguien llegó a las manos. Salieron a relucir las espadas y en unos minutos de furiosa escabechina algunos de los tribunos y generales de Craso habían muerto: Octavio, Petronio y otros más. Entre ellos el propio Craso. Los partos le cortaron la cabeza y una mano y se la llevaron a Surena. El resto de la delegación romana se retiró a la precaria seguridad del peñasco.

Unos 10000 hombres pasaron al cautiverio. Unos pocos llegaron a las montañas y siguieron hacia el oeste. Un puñado consiguió llegar con vida a Judea.

Y así acaba la historia de Craso. Un hombre de su época, político manipulador y agudo hombre de negocios, pero que se vio empujado por su propia avaricia a cavar la tumba de su destino bajo una nube de flechas partas..... ¡Craso Error!