Kronus

La leyenda de Guillermo Tell

Esta vez no va de arcos si no de Ballestas. Concretamente de un hombre, su ballesta y de dos dardos.

Guillermo Tell es sin duda el suizo más universal. Su nombre es sinónimo mundial de puntería con una ballesta al atravesar una manzana puesta sobre la cabeza de su propio hijo. Sin embargo, para los suizos es algo más. Es el símbolo de su patria, Es el símbolo de su independencia, es el símbolo de valor, honor y buen juicio. y aún más,... Tanto es así que durante decenios, los productos suizos han lucido una ballesta como sello nacional de producto de calidad.

La leyenda de Guillermo Tell, realmente, es un lio difícil de seguir, porque si creemos todas las narraciones que refieren la presencia de Guillermo Tell en diversas situaciones de la historia de la república helvética, veremos que el tal Guillermo debió vivir literalmente un par de cientos de años para poder asistir a todos esos eventos. En cualquier caso, se toma el drama clásico Wilhem Tell (1804) del poeta suizo Friedrich Von Schiller como base sobre la que en tiempos modernos se han basado el resto de las historias sobre Guillermo.


Friedrich Von Schiller, su texto de 1804
sentó las bases para el Guillermo Tell
que ha llegado hasta nuestros días.

La leyenda nos remonta a algún punto de 1306 En aquellos tiempos, Suiza estaba ocupada por los Habsburgo. En el pueblo de Altdorf (Pueblo viejo), el recién nombrado aguacil de los Habsburgo, Hermann Gessler, ordena levantar en la plaza un poste en lo alto del cual pone uno de sus sombreros y puesto que él es el depositario de la autoridad real en la zona, dispone que dicho sombrero representa la autoridad real, por lo que ordena que cualquier vecino del lugar que pase ante el poste debe descubrirse e inclinar la cabeza en señal de respeto ante el sombrero.

Un buen día, Guillermo de Burglen, también conocido como Guillermo Tell, que ya se había labrado una reputación con su habilidad con la ballesta, pasa por Altdorf con su hijo. Al llegar a la plaza, Guillermo ignora el sombrero. Los hombres de Gessler prenden de inmediato a Guillermo y a su hijo. Informado del caso, Gessler llega a la plaza y decide dar un escarmiento público. Hace que traigan a Guillermo y a su hijo. El pueblo se reúne en la plaza. Todos saben que va a pasar algo.


Guillermo Tell y su hijo.

Desde su caballo, Gessler contempla como los guardias traen a los Tell. Padre e hijo. Uno de los guardias trae la ballesta y los dardos que llevaba Guillermo cuando fue detenido.

-Así que tu eres el famoso ballestero de Burglen, ¿eh? - Dice Gessler. - Bien, vamos a ver si eres tan bueno como dicen: Coged al chico y atadlo en aquel árbol de allí.
Los guardias se aprestan a obedecer la orden. Gessler desmonta y se acerca a una de las tiendas en la plaza. Coge una de las manzanas y regresa hacia donde está Guillermo:

- ¿Ves esta manzana? ¿Podrías darle con tu ballesta si te la pusiera a la misma distancia a la que está tu hijo? - Pregunta Gessler.
Guillermo no duda ni un segundo: - Si, podría - Dice inocentemente sin sospechar la jugarreta de Gessler.
Gessler sonríe y le lanza la manzana a uno de los soldados.
-Ponla sobre la cabeza del mocoso.

La multitud que se ha congregado en la plaza, no puede evitar un ahogado y apenas reprimido gemido colectivo de angustia. La distancia es muy larga. En cuanto el soldado pone la manzana sobre la cabeza del hijo de Guillermo, Gessler alza la voz para que todos puedan oírlo:
- Muy bien, Guillermo de Burglen. ¿Ves la manzana sobre la cabeza de tu hijo? Está a la distancia a la que has dicho que podías darle. Hazlo y tanto tu hijo como tú seréis libres. Guillermo no coge la ballesta que le tiende uno de los soldados. Se queda inmóvil durante unos momentos. Luego, con la voz ronca pregunta:
- ¿Qué ocurre si me niego?
-¡Ah! ¿Hay miedo? Si te niegas, te ejecutaremos. Tú eliges: Muere aquí y ahora o dale a la manzana, en cuyo caso tú y tu hijo seréis libres.

Guillermo mira a su hijo que está pálido como un cadáver. El punto rojo de la manzana apenas destaca a esta distancia sobre el muchacho. Tras un momento que se hace eterno, se gira hacia el guardia que guarda su ballesta con sus dardos y coge su arma. También retira dos dardos. Se mete uno en el cinturón y monta el otro en la ballesta.


Grabado de 1698.

En la plaza se hace un silencio total. Todas las miradas están fijas en Guillermo. Gessler también le mira con una diabólica sonrisa en la boca. Guillermo arma la ballesta, es tal es el silencio que el crujido de las palas al montarse puede ser oído en toda la plaza. Luego se lleva el arma a la cara y apunta con cuidado. La gente contiene el aliento. De repente se escucha un chasquido y el dardo sale disparado. Todas las miradas se vuelven hacia el hijo de Guillermo. Un "Ohhh" brota de los centenares de gargantas y le confirma a Guillermo lo que él ha intuido en el momento en el que el dardo ha salido de su ballesta: La manzana está limpiamente empalada contra el árbol.

El pueblo entero arranca en aplausos y vítores. Gessler, que esperaba un final más truculento, hace con la cabeza una señal a los guardias, que se aprestan a soltar al hijo de Guillermo. Hermann Gessler se acerca a Guillermo.

- Felicidades. Un gran tiro. Yo cumplo mis promesas: Ya eres un hombre libre. -Hace ademán de irse, pero de repente se vuelve de nuevo hacia Guillermo - Una pregunta: Si estabas tan seguro de tí mismo ¿por qué has cogido un segundo dardo? ¿Temías fallar?

Guillermo le aguanta serenamente la mirada a Gessler y responde: - No. Pero si el primer dardo llega a matar a mi hijo, el segundo hubiera atravesado vuestro corazón.

Gessler no da crédito a sus oídos: ¿COMO? ¡Habrase visto tamaña osadía! ¡Guardias! ¡Prendedlo! - Los hombres que flanquean a Guillermo se aprestan a arrancarle la ballesta de las manos y le atan las manos tras la espalda.

Gessler se acerca a Guillermo. Se saca su guantelete de cuero con cota de malla y lo descarga con fuerza sobre la cara de Guillermo. Luego, con una mueca de asco, coge el pelo de Guillermo y le obliga a levantar la vista para mirarle. La nariz y la boca de Guillermo gotean sangre mientras su mejilla muestra nítidamente la abrasión que han producido las mallas de hierro sobre su piel.

- ¡Maldito perro! ¡Vas a venir conmigo a mi castillo de Kustnach! Me gustará ver si sigues tan altivo y arrogante cuando te cortemos la cabeza después de que te hayan descoyuntado el cuerpo un par de bueyes. - Luego dirigiéndose a los guardias dice - Llevadlo al embarcadero, ponedle grilletes y vigiladlo hasta que salgamos al mediodía. El hijo de Guillermo hace ademán de ir con su padre, pero Guillermo le hace una leve señal negativa a su hijo con la cabeza. Todos parecen haberse olvidado del muchacho. Mejor así razona Guillermo.

Los guardias llevan a Guillermo hasta el gran lanchón de remos de Gessler que está en el embarcadero. Las aguas del lago Lucerna reflejan las cumbres nevadas de los Alpes y sobre ellas se están acumulando densas nubes que presagian tormenta. Guillermo no puede evitar un escalofrío cuando la primera ráfaga de aire frío llega desde la otra orilla, rizando la superficie del lago. Al cabo de un rato aparece Gessler y su escolta. Desmontan y se dirigen al embarcadero. Guillermo es levantado como un fardo y depositado en la proa de la lancha de Gessler. Su ballesta la dejan al lado del patrón de la embarcación. El hombre que tiene a su mando la barca está nervioso. Hasta hace poco su trabajo era dirigir una escuadra de piqueros, pero el viejo patrón del lago murió por unas fiebres y Gessler le ordenó que dejara a sus piqueros se pusiera al mando de la lancha y sus galeotes. Ha estado navegando por el lago durante un par de meses, lo justo para familiarizarse con los rudimentos de su nueva ocupación, pero es apenas eso: Lo justo. Su mirada también hace rato que sigue la evolución de la tormenta que se cierne sobre el lago, pero no se atreve a darle prisa a Gessler, que sigue discutiendo unos detalles con el administrador local. Después de un buen rato, Gessler embarca. Las amarras se largan y los galeotes comienzan a impulsar la lancha a fuerza de remo. Guillermo se incorpora sobre sus rodillas y levantando la cabeza sobre la borda, mira el muelle. Allí está su hijo. El muchacho llora desconsoladamente. Pero Guillermo considera que por lo menos está libre y no engrilletado con él en la lancha. Finalmente zarpan, pero todavía no se han alejado ni cien metros de la orilla cuando con un trueno descomunal, la tormenta anuncia su llegada. Gessler le indica al patrón que se den prisa pues no quiere mojarse. El patrón da orden de acelerar el ritmo de remada. Sospecha que es demasiado tarde, pero sigue sin atreverse a contrariar a Gessler.


El lago Lucerna, con su famosa "Torre del agua"

Cuando la lancha está a mitad de recorrido, el viento arrecia sobre el lago, levantando olas que golpean contra las bordas mojando a remeros, tripulantes y pasajeros. Sobre la proa, todos ven cómo una cortina de un denso color gris plomizo hace desaparecer la orilla del lago de la vista. Es una cortina de lluvia. Todos ven cómo la cortina avanza sobre el lago hasta que les engulle. Gessler se arrebuja bajo su capa con cara de pocos amigos y grita de nuevo que se den prisa: Quiere llegar a tierra antes de empaparse del todo. Pero el patrón se ha desorientado. La densa lluvia no le deja ver más allá de unos pocos metros alrededor de la lancha, disolviendo el horizonte en una cascada que los rodea totalmente. Los relámpagos caen uno detrás de otro, iluminando fantasmalmente la tormenta, mientras los truenos, cercanos, resuenan con brutales chasquidos. La lluvia cae sesgada debido al fuerte viento. Pero el viento es cambiante y también la inclinación de la lluvia. Las crecidas olas y el diluvio que les cae encima les hacen embarcar agua a un ritmo trepidante. No pasa demasiado tiempo antes de que dispongan que cuatro de los galeotes se dediquen a achicar agua con los baldes. Al cabo de un rato, el patrón está desorientado. No sabe donde están. Tampoco está seguro de a donde está apuntando la proa. Finalmente, razona que están en un lago, que es un cuerpo de agua rodeado de tierra por todas partes, así que mete la caña del timón a la vía y espera que conseguirán llegar a alguna orilla.


El lago Lucerna en Suiza. Las tormentas virulentas
no son infrecuentes en este lago.

Gessler atosiga al patrón y comienza a amenazarle a gritos con todos los tormentos que se le pasan por la cabeza si no consigue llevarles a puerto. De repente, ante la proa de la embarcación se levanta un farallón de sólida roca que parece elevarse hasta el cielo. El patrón mete la caña del timón a una banda con la fuerza y la rapidez que da la desesperación y evitan por poco que la proa de la embarcación se haga añicos contra las rocas.

Gessler va hasta el patrón y le pega una patada. - Patán! esto no es Kustnach! ¿Dónde nos has traído?
El pobre hombre mira desesperado las paredes de roca que desfilan a un lado. - Señor... no ... no....
- ¿No qué? -aúlla Gessler fuera de sí.
- No lo sé, señor, nunca había estado por esta parte del lago, no lo reconozco.- Al patrón le tiembla la voz - Deberíamos alejarnos de la costa y esperar que pase la tormenta o corremos riesgo de chocar contra una piedra e irnos todos ¡a pique!.
- ¿Alejarnos de la costa dices? ¿Estás loco? ¿Y si esto sigue hasta la noche? ¿Y si arrecia la tormenta? ¡Nos hundiremos igualmente! Mas te vale encontrar un sitio para echar pie en tierra o ¡juro que antes de dejar este mundo te traspasaré con mi propia espada! ¿Lo has entendido?
El patrón afirma con la cabeza. Le tiemblan las rodillas y los nervios no le dejan pensar con claridad. Avanza entre las filas de galeotes.
- A ver, ¡carroña! ¿Alguno de vosotros sabe dónde estamos? ¿Reconocéis la costa?
Guillermo, que hace rato que va incorporado sobre sus rodilla lo justo para ver la costa sobre la borda levanta la voz.
- Yo sé donde estamos
El patrón se dirige hacia Guillermo y se agacha a su lado.
- ¿Donde?
Guillermo, resabiado no responde directamente a la pregunta.
- Un poco más atrás - dice señalando con el mentón hacia popa- hay una península de roca. En el extremo de la misma, hay un embarcadero natural. Las aguas son profundas y las rocas son lo suficientemente bajas como para desembarcar con seguridad.
El patrón considera la propuesta de Guillermo. Si hay algo que no quiere hacer es girar la embarcación. Con el viento y las olas dándoles por la popa, la embarcación será muy difícil de manejar. Pero no tiene ninguna opción mejor. Mete un brazo bajo el sobaco de Guillermo y lo levanta con rudeza para llevarlo hacia la popa.
- ¡Enséñame donde es!
Cuando Gessler ve que el patrón se lleva a Guillermo se levanta de un salto.
- ¿Dónde diablos crees que llevas a mi prisionero?
- Conoce un sitio donde desembarcar con seguridad cerca de aquí.
Gessler se encara con Guillermo.
- ¿Es verdad eso? ¿Por qué ibas a ayudarnos?
- Porque si nos hundimos yo también moriría.
Gessler está a punto de decirle que en cualquier caso, aunque lleguen a tierra, también morirá, pero comienza a estar atemorizado por la tormenta y también está deseoso de llegar a tierra. Sabe que incluso un condenado a muerte haría lo que fuera para seguir vivo un rato más. Decide creer a Guillermo.
- Está bien. Guíanos.
- Necesito que me quitéis esto - Dice Guillermo levantando sus manos encadenadas.
- ¡Quitádselo! - Ruge Gessler. Dos soldados se acercan a Guillermo. Uno lleva unas tenazas.

Tras quitarse los grilletes, Guillermo se frota sus manos doloridas y coge el timón de la embarcación. Diestramente, mete la caña del timón a un lado y la embarcación gira sobre la cresta de una ola. Las olas y el viento golpean la popa de la embarcación y hacen que esta se encabrite cayendo amenazadoramente sobre un costado. El agua entra a chorros por las chumaceras de los remos.
-Patrón - Grita Guillermo - Hay que ir más deprisa!
El patrón da la orden y uno de los soldados saca un cabo con nudos que comienza a descargar con saña sobre la espalda de los galeotes. La embarcación comienza a ganar velocidad y a correr con la tormenta.

Guillermo observa su ballesta y la bolsa con sus dardos. Está apenas a dos pasos de él. De repente una sombra se yergue a proa. Es una punta de roca. En el extremo de sus verticales paredes hay como una especie de estrecha escalera natural que desciende hasta el agua. Guillermo dirige el timón hacia el extremo de la gran roca. Los galeotes reman como posesos y el espacio entre la embarcación y la punta de roca se acorta a pasos agigantados. El patrón le grita que aparte la embarcación de la roca, pero antes de que pueda hacer nada más, contempla desconcertado como Guillermo deja el timón, se inclina, coge su ballesta y sale disparado a hacia proa. El patrón se lanza sobre el timón. Pero ya es tarde, la proa de la embarcación roza la punta de roca. En ese momento, Guillermo da un gran salto y aterriza en el escalón inferior de la roca. Se da la vuelta y con un pie, aleja la embarcación de Gessler, que llevada por su impulso y empujada por el viento y la corriente, rompe los remos de ese lado contra la roca y caracolea fuera de control.


Guillermo escapa de sus captores.

Gessler está en pie y grita como un poseso. El patrón observa como la punta de roca desfila por la borda y queda enseguida atrás. Ven como el fugado Guillermo trepa por las piedras con la agilidad de un gato, luego lo pierden de vista cuando la lluvia difumina el farallón y lo hace desaparecer. Dos horas más tarde, cuando la luz del día se está agotando, la maltrecha embarcación llega a una playa de grava. Los hombres saltan a tierra agradecidos y aliviados. El único que no está seguro de estar mejor así que en el fondo del lago es el patrón. Gessler se le acerca y rechinando los dientes le dice.

- Ahora tengo que volver al castillo para dar caza a esa alimaña que has dejado escapar, pero no te preocupes: Ya me ocuparé de ti. Esto no va a quedar así.


Capilla de Guillermo Tell en Sisikon,
levantada en 1388 donde se cree que
Guillermo escapó de la lancha de Gessler.

Gessler y su escolta llegan al villorrio de Sisikon donde pasan la noche. Por la mañana requisan unos caballos y Gessler prosigue viaje hacia su castillo. Ya se distinguen sobre las copas de los arboles las afiladas puntas de las torres almenadas del castillo de Kustnach. Sólo queda pasar un pequeño tramo de camino que está hundido como una trinchera, flanqueado de bosque por los dos lados. Gessler está impaciente por llegar.

Se escucha un silbido y un sordo impacto. El caballo de Gessler se detiene y el alguacil observa sorprendido cómo sobresalen de su pecho las plumas de un dardo de ballesta. Levanta la vista y observa a lo lejos la inconfundible figura de Guillermo Tell. De pie, con la ballesta a su lado le observa durante un momento, luego se da la vuelta y desaparece en el bosque. Gessler resbala de la montura del caballo y cae al suelo. Sus hombres le rodean sorprendidos. No saben de dónde ha venido el disparo. Gessler palidece. La herida burbujea con sangre allí donde el astil del dardo penetra en su pecho. Los hombres de armas se miran: Saben lo que esto significa. Gessler abre la boca como para hablar, pero sólo un borbotón de sangre sale de sus labios. Su mirada se extravía y pierde el sentido. Nunca lo recobrará. En pocos minutos muere. Los soldados le rodean silenciosos. Finalmente, el de más edad, un veterano con barba gris dice:
- Parece que la segunda flecha llegó a su destino al fin.
No hace falta que el veterano explique a sus camaradas a quien pertenecía la segunda flecha.


Gessler muere en brazos de su escolta.

Existe una controversia notable entre los historiadores sobre si Guillermo Tell existió realmente o no. Es algo sobre lo que no voy a entrar a tratar aquí. En cualquier caso, no existen pruebas de que nadie con ese nombre existiera jamás ni que a principios del siglo XIV fuera asesinado ningún representante de los Habsburgo en la zona, ni que la figura de Gessler existiera siquiera. El primer relato sobre Guillermo aparece más de un siglo después, en 1470 en el "libro blanco de Sarnem". No se puede afirmar que sea original, ya que existen varios relatos anteriores procedentes del norte de Europa que explican una saga similar.

En cualquier caso, la figura de Guillermo Tell se convirtió en el símbolo de la resistencia suiza a los Habsburgo y la leyenda afirma que asistió al juramento de los confederados suizos de Rutli, hecho este que marca el inicio de la nación suiza. (Supuestamente ocurrió alrededor de 1307). Los suizos lo tienen como el héroe nacional por excelencia, que con su valentía y ansias de libertad, marcó el camino que culminaría en 1386 en la batalla de Sempach, donde los suizos se ganaron a pulso su libertad del yugo de los Habsburgo.


Monumento a Guillermo Tell en Altdorf (Uri)

A la hora de escribir el texto he creído que novelarlo un poco haría más amena una leyenda que ya es de todos conocida. El relato, aunque recoge la esencia del hecho, es de cosecha propia, por lo que si hay alguna inexactitud con algún otro texto, histórico o no, la responsabilidad es del todo mía.