El regreso del Guardian del Bosque:

En el país de Pirena hay una diminuta y verde región, una joya única, de incomparable belleza, tardaría decenas, cientos de años en recorrer todos sus paisajes. Y aun así apenas representa para nuestro planeta lo que un granito de trigo, en un vasto granero repleto hasta rebosar. Pero como cada grano, también éste contiene un germen, es el templo original donde reside la esencia, la memoria, la facultad de despertar y regenerar toda una planta enteramente nueva.

Fue precisamente en ese escenario, en esa imponente montaña que se eleva como una isla sobre la planicie circundante, donde fue visto por última vez al guardián del bosque. Cuentan que hace ya muchísimos años el último de los guardianes desapareció, al parecer, engullido por la tierra en espera de tiempos mejores.

Han transcurrido cientos de años desde que la raza de guardianes quedara sepultada y aunque ignoro el significado de su reaparición y el impacto que pueda causar, he optado al fin por romper un prolongado silencio, revelando mi encuentro con "Rantal" el primer guardián de los bosques que ha regresado para habitar las húmedas y umbrosas regiones de nuestra imaginación.

Fue durante una noche mientras la luna crecía, recostado en una piedra erguida, en medio de la altiplanicie. Soñaba despierto hasta el amanecer, cuando levanté mis huesos entumecidos. Caminaba como sin rumbo al margen de los senderos. Mientras se acostumbraban a la luz, mis ojos recorrían la ladera pendiente que desciende hasta el valle. Mi mirada quedó prendida de aquel árbol extraño y seco, de porte humano y estatura de cíclope que se erguía solitario.

Está a 300, quizás más metros, y mi vista se ha clavado en su imperturbable postura. Parece un gigante sentado, o en cuclillas, contemplando largamente cuanto discurre al pie de su montaña. No puedo distinguir bien sus facciones y por un minuto lo contemplo intensamente, dejándome atrapar por la ilusión...

En aquel momento, como en un sueño, creí verle girar la cabeza y ladearla a un tiempo con los ojos desmesurados, la boca abierta en un gesto de perplejidad total. Un movimiento lentísimo hasta enfrentar directamente mi propia mirada. Solemnemente volvió a su postura original para repetir el mismo movimiento y la misma sorpresa. Una y otra vez presencié la inquietud y el desconcierto que, como un reflejo de lo que yo sentía, expresaba aquel pausado vaivén de vistazos. Al fin, mis ojos, gastados por la falta de sueño y el esfuerzo de este atisbo, dejaron de distinguir con claridad en aquella distancia. A la perplejidad se sumaron otros muchos y atropellados sentimientos: curiosidad, miedo, incredulidad... en un torrente de pensamientos desbordados. Con todo el escepticismo de quien lleva varios días maldurmiendo, crucé una carretera y dando un rodeo para evitar un barranco con su frondoso bosque, me encaminé hacia el enigmático gigante.

Conforme disminuía la distancia, de cuando en cuando paraba para observarlo. Por un instante, lo reconocía como simple y avejentado tronco y mi razón sonreía despectivamente a la imaginación; al siguiente, la razón enmudecía atónita ante la evidencia del ser enorme que parecía esperar inmóvil, conteniendo a duras penas su conmoción. A los seis o siete metros escasos, cuando el buen sentido celebraba aliviado su aplastante victoria -aquel esperpento era sin lugar a dudas un viejo árbol seco- ... un movimiento inequívoco, grave y despacioso, desató el espanto. Un espasmo de horror paralizó mi cuerpo sobrecogido e instintivamente me preparé para echar a correr monte abajo. El corazón desbocado, la respiración cortada y los ojos despavoridos, recibieron de lleno aquella mirada que, por encima de otra miríada de sentimientos, expresaba su asombro.

El impacto del encontronazo duró una eternidad, en aquel instante supe que nunca sobre la Tierra se habían prendado dos mundos de aquella manera y supe también que ésta no sería la primera vez.

-¡POR LAS BARBAS DE MI SEÑORA!, CREI QUE NO LO CONSEGUIRIA: HE ENCONTRADO A LOS HOMBRES DEMASIADO OCUPADOS PARA ENCONTRARSE CONMIGO.

Tales fueron las primeras palabras que pronunció en mi idioma, emitiendo una voz grave con sonoridades de madera hueca, que sólo de manera remota recordaba a la humana. Pese a la exasperante lentitud de su dicción me costó comprender. Se llamaba Rantal como la cercana montaña porque, según me explicaría después, es frecuente que adopten los nombres del bosque o monte que habitan, o quizá dijera tan sólo que suele darse esta coincidencia.

Tres días con sus noches persistió aquel sortilegio en el que ambos nos vimos sumidos, a causa de la fascinación que ejercíamos el uno sobre el otro. Durante este tiempo Rantal impuso su ritmo espacioso en el interminable caminar, conversar y contemplar, que sólo fue interrumpido por los breves intervalos en los que no sabía a ciencia cierta si estaba soñando o despierto. En presencia de aquella criatura experimentaba un extraña paz y lucidez, que me sirvieron para acostumbrarme rápidamente a su compañía.

Iniciamos una lenta marcha hacia el Oeste, incluso después de ponerse el Sol. Por la noche ambos nos sentimos más frescos, abiertos y relajados. Fue esa noche cuando Rantal me habló sobre los humanos, supe que ellos nunca fueron amigos de excesivos tratos con los seres humanos, a quienes consideraban destructivos, una especie de virus o sarpullido que se extendía como una epidemia sobre la Tierra. Fueron testigos impotentes de la irrefrenable codicia de nuestra especie, que amenazaba engullir los últimos reductos de la vida silvestre.

-Para nosotros era un misterio el significado del hombre en la Tierra. Ni siquiera servís ya para diseminar las pepitas de los frutos que coméis. Todo cuanto tocáis se vuelve maldito y pestilente, entra en ese exclusivo club de lo humano, de cuyas redes nada sale si no está muerto, inservible o contaminado. Escucha -me dijo-, cuando la Tierra u otro organismo idea y desarrolla las partículas que lo componen, espera que estén a su servicio y tengan una función. Nosotros entendíamos la enorme potencialidad del hombre en este sentido y al mismo tiempo nos inquietaba su ínfima disposición para comunicar, cooperar y construir, para integrarse. No sé cuál es verdaderamente vuestra relación o de que forma entendéis a la Madre, nosotros estamos probablemente más cerca de ella que cualquier otro y puedo asegurarte que ha sido demasiado largo su camino para echarlo todo a perder en el momento cumbre.

-¿Como podríamos relacionarnos con ella? -pregunté en ese momento, y él prosiguió, no sé si contestando o ignorando mi pregunta.

-La Tierra dio a luz todas las formas de vida en un intento de hacerse, de crecer y comprender, de expandir su conciencia. Con las algas y plantas terrestres comenzó a sentir, palpar y auscultar, a actuar sobre la tierra, el aire y el agua. Y alcanzó a través del reino animal nuevos sentidos que le servían para oler-olerse, gustar-gustarse, oír-oírse, ver-verse. Aprendió a amar y a sentirse amada y distintas formas de vida integraron en ella diferentes formas de conciencia.

Todos sus hijos .continuó diciendo- incluidos vosotros, somos parte de su experiencia, mecanismos sofisticados, ideas desarrolladas para contemplar y activar la energía, el agua, los gases, los materiales y el intercambio de información en todos los sentidos. Su último fin es la realización a través del amor y el conocimiento, su impulso íntimo es dar vida.

Pero conforme los seres evolucionan y adquieren mayor sensibilidad, son a un tiempo más útiles para el sistema y más independientes del mismo, si puede decirse así. Los árboles constituyen un logro sin precedentes en la evolución del planeta, en cuanto a la conciencia comunal e individual que pueden desarrollar. Pero los hombres fueron más allá, aliándose con el árbol de la vida...

Bruscamente detuvo aquí su monólogo, pensé que había algo que no podía o no quería contar y como humano no me sentí en aquel momento con mucha fuerza moral para sonsacarle. Continuó ahora con más cautela, como midiendo sus palabras:

-Cuando empezamos a comprender, por fin, cuál era vuestra contribución como especie, os admiramos y comenzamos a prestar atención a vuestros viajes y descubrimientos. Gracias a ellos la Tierra puede observarse y conocerse con increíble exactitud, aunque de manera aún muy parcial. También admiramos vuestra poesía y sentido de la belleza y los logros espirituales que alimentan la conciencia planetaria. Pero esta preciosa aportación tiene un coste tan elevado que, quizá, ni siquiera compense ya a la insaciable curiosidad de mi Señora. Y a pesar de todo es posible que decida seguir adelante, incluso arriesgando su vida. ¡Nadie sabe hasta dónde alcanza su vista!... o su curiosidad.

Hasta ahora ella nos lo ha dado y enseñado todo, ha sido una maestra perfecta en no hacer y en dejar ser, pero en esta crítica situación a la que nos habéis conducido, ¿quién sabe lo que expresaría si se decidiera a actuar?

En aquel momento mis pensamientos estaban, sin embargo, demasiado ocupados en una mezcla de estúpidos sentimientos de vergüenza y orgullo como humano, y alivio, al comprobar que sus críticas no descendían al terreno de lo personal y, en cualquier caso, estaban matizadas por nuestros logros como especie. Creo que desperdicié gran parte de sus concienzudas explicaciones. Por otro lado, no podía dejar de preguntarme cómo un ser de apariencia tan primitiva era capaz de expresarse con lenguaje y conceptos tan elaborados.

Cuando atravesábamos el lindero de un extenso hayedo, Rantal comenzó a explicarme el sentido de los árboles en la Tierra. Me contó que el destino de los árboles y de los guardianes de los bosques están estrechamente relacionados, hasta el punto de que el nacimiento y la extinción de ambos tienen una misma hora en el tiempo.

-Nuestro poder se debilita conforme nos alejamos del bosque, era ilimitado en el corazón de las inmensas selvas de antaño -dijo.

Y a medida que nos internábamos en la espesura, parecía cobrar vida y lucidez, embebido en alguna especie de energía que a mí también me alcanzaba.

Los árboles, a su paso, despertaban adquiriendo ánimo, brillo, mayor presencia. De un brinco abandoné entonces el horcajo de sus hombros descendiendo a la hojarasca; todo a nuestro alrededor estaba envuelto en sombras, matizadas por la luz de la luna que parecía moverse entre las nubes. Una inusitada fuerza que jamás había experimentado nos saturaba. Hasta el aire que respirábamos se diría estaba a punto de inflamarse.

Aquella exaltación se disipó enseguida, había empezado a llover. Rantal se detuvo bruscamente en el umbral de un pequeño claro. Musitó algo incomprensible y después lo escuché murmurar y resoplar en un arranque de cólera que mecía todo su cuerpo de un lado a otro. Yo estaba estupefacto, petrificado, no me atrevía a moverme o abrir la boca siquiera.

-¡Me hierve la savia! -resopló con rabia contenida.

Señalaba algo que no pude distinguir.

Avancé con cautela, los cielos se abrieron por un instante iluminando la macabra escena. En el mismo centro de aquel claro circular, yacían amontonados y desperdigados los despojos de un haya inmensa que, sin duda, había sido derribada para leña.

Por unos instantes Rantal se volvió, alternativamente hacia mí y hacia el árbol, en busca de mi asentimiento. Me resultaba muy incómodo y violento estar allí, sin nada que decir. Luego, amainado el arrebato, me colocó al socaire de su corpachón para resguardarme de la lluvia, mientras ambos contemplábamos estremecidos aquellos restos que, a la sazón, se me antojaban casi humanos. Aquel árbol colosal parecía un dinosaurio abatido, un elefante descuartizado con los miembros troceados y la carne astillada. Durante un buen rato no cruzamos palabra y cuando al fin me atreví a mirarlo a la cara, vi en su desolada expresión un reflejo del haya despedazada. Sus ojos lloraban silenciosamente.

No tardé en comprender que aquel árbol había tenido un significado especial para él, pues comenzó a relatarme su historia, largamente presenciada -imagino-, desde su tiempo de ensueño.

-Todos los días de sol, el primer rayo naciente iluminaba la punta del árbol, empezando por la primera hoja, que parecía reir y desperezarse, brillando de puro deleite allá en lo alto. Muy despacio, la luz iniciaba su suave descenso, inundando la gigantesca copa, despertando el color, la savia dormida; los recuerdos y anhelos de árbol viejo. Comenzaba su día al fin, cuando el sol alcanzaba a besar el suelo. Las sombras de las hojas verdes bailaban en la hojarasca.

Después las tiernas raíces se estiraban bostezando, en la intimidad de su reino; palpitantes, al abrigo del negro mantillo. Un atisbo de calor las acariciaba y la tierra exalaba su aliento húmedo. Pequeñas nubes de vapor, ascendentes, devolvían al cielo sus destellos de luz.

Y por el borde del horizonte se retiraba luego un sol maduro que se despedía aún radiante. En su adiós desandaba el camino del árbol lentamente, hasta que sólo quedaba la última-primera hoja allá arriba, destellando. Entonces parecía detenerse complaciéndose en ella un instante de más.

Vivió con plenitud días y estaciones sinfín y llegó a sobresalir reinando sobre todos los árboles de los alrededores. Después, poco a poco sobrevino la inexorable vejez, le iba entrando un sueño profundo, se le dormían las puntas de las ramas más lejanas, perdía memoria y olvidaba incluso regarlas con su savia. Así comenzó a secarse y a dormir, de día en día, más y más hondo.

Ya no brotaba ni siquiera una hoja y supongo que los hombres que la descubrieron la tildaron, como acostumbran, de "leña muerta", el resto puedes verlo por ti mismo, no tardarán en llevarse sus despojos.

Por un momento, la emoción que sentía se trocó en extrañeza. ¿Ya estaba muerta?, ¿por qué entonces tanto dolor? De pronto no entendía nada. Ajeno quizá a mis pensamientos, continuó, sin embargo, dando una exacta respuesta a los mismos.

-Tan sólo estaba dormida, en ese largo sueño de los árboles secos. Y soñaba volver a la tierra, alimentar a sus hijos, embeberse de musgo, de agua y de niebla; caldearse al sol. Sumergirse, por fin, en la oscuridad de la tierra, celebrando largamente el festín de sí misma con una miríada de invitados a la ceremonia de su disgregación.

Quiero que tu alma se empape de esta escena, parece estar hecha a la medida de nuestro encuentro -me dijo-. Quiero que recuerdes siempre lo que hoy hemos visto. Y por mucho tiempo Rantal guardó un solemne silencio que me permitió ordenar mis ideas. Si bien intuía que trataba de transmitir algo de esencial importancia, no acertaba a entender el significado de su mensaje o quizá lo comprendía sólo en un nivel racional.

De forma súbita tomé conciencia de una cierta expectación que parecía provenir de los árboles circundantes y centrarse en la extraña escena que formábamos: un troceado cadáver contemplado por un humano al cobijo del guardián del bosque, en una circular pradera bajo la llovizna. Y de forma súbita entendí, con un desgarro en el corazón, la hondura del drama. Imaginé a los rudos leñadores. Torpes matarifes que, como antiguos gladiadores, bajaban a la arena del circo armados con el inflexible acero; atacaban sin piedad; asestaban cortes mortales a un contrincante indefenso y exánime, descomunal.

Desde las gradas repletas de hayas, no se oían los vítores y el clamor de la sangre, sino los murmullos sin voz, el grito ahogado de los árboles que temblaban de horror. Esta visión fué devastadora, sentí algo quebrándose en mi interior, sentí físicamente el vértigo del pavoroso abismo que nos separa de los otros seres, de "los arraigados". Rompí a llorar.

Horas más tarde lejos de la dolorosa escena, perdí completamente la orientación y cuando de nuevo comencé a rendirme al sueño, Rantal me alzó y continuó portándome entre sus brazos, sin cesar de hablar ni caminar. Seguí escuchando, incluso, creo, mientras dormía, aquella despaciosa voz cuyo discurso me transportaba y mecía con suavidad.

Continuará...



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