Tardé en percatarme. Tenemos tan desmantelada la atención que los matices más vastos, los que tantas veces impregnan el panorama, pueden pasar fácilmente inadvertidos. La tarde se despedía con una frase de brasas y con un vestido transparente que insinuaba un festín para mis ojos hambrientos. La luz al desmayarse pasó la punta de sus dedos sobre las mamblas, que hacen de todo horizonte montano una mujer dormida. Un leve frescor bajó desde las copas de los robles como ardilla en busca de bellotas.

De la mano traía un aroma desconocido: emboscadas entre las ya casi secas jaras y retamas, debían quedar aún algunas flores, todavía sin nombre. Hasta se me acercó la soledad, como coqueta, y dejó una caricia mínima en esa piel de dentro. Así es ella, insinuación y promesa, para que la persigas, para que te adentres en ese otro inmenso paisaje que somos cada uno de nosotros, cuando solos.

Todos tenemos una buena cosecha de ocasos en la memoria y por tanto en la mejor añoranza. Cuando la luz se acuesta suelen levantarse algunas de nuestras mejores ocurrencias.

Y a mí, aquel día, me pasó el bosque por dentro: fui atento oyente de su lenguaje. Todo, si es que cabe palabra tan arrogante que se nos desgasta en un querer abarcar lo que siempre resulta inabarcable, comenzó con un silencio. Ya llevaban bastante tiempo alejadas esas tiranías que llamamos ruido. Luego, según fueron mojándome las sombras de los robles y del monte entero que se acababa de llevar el sol, se calló todo.

Estaba dentro de una de esas reservas de silencio más escasas por cierto que el mismo oso.

Al avanzar por las columnatas del robledo de pronto se interrumpieron también las sonoras armonías. Dejó de vibrar el aire con las canciones de los pájaros y con las charlas de las hojas. Se adensó una calma que como una caricia fue abriendo los poros de todos los sentidos.

"No dudes de las sensaciones", murmuró Epicuro en mi memoria. No era el caso, porque llevo años apaciguando al presente con las noticias de lo viviente, jamás mentirosas, ni calculadoras, ni gastadas...

Aquel silencio embarcaba hacia mi interno una pausa de realidad. O al menos una realidad ajena a la por nosotros creada como disolvente de la tensión. Calma para entender como Antonio Colinas "que el sonido del silencio es la total y madura plenitud del ser" o como Maeterlink "que la palabra es tiempo y el silencio, eternidad".

Cada árbol abrió un poco más los brazos como despidiendo a la tarde, ya penumbra. Con los apetitos sensoriales desatados por el recogimiento, bosque comenzó a contar:

-Somos criaturas que encontramos nuestro sentido en no acabarnos. Somos un ir siendo para mucho y para muchos más que nosotros mismos. Como la otra cara del espejo de vosotros mismos respiramos luz, bebemos tierra, comemos aire, somos una fantasía tan necesaria que hemos fundado la mayor parte de la vida y de lo que posibilita la vida. Pero no menos ejercemos de eslabón entre lo más alto y lo más bajo. Somos un beso de la tierra al cielo y un abrazo del cielo a la tierra. Interrogamos en el pasado, a veces de millones de años, con nuestras raíces y respondemos en el futuro con el aire que producimos, los animales que mantenemos y las cosechas que arrojamos como lluvia sobre el suelo para que crezca protegido.

-Somos una tenacidad fálica que engendra el más bello espectáculo: ¡vida entre vida!, ¡multiplicidad con identidad!, ¡futuro con pasado!

El bosque me dijo que nos echaba de menos por ser los humanos una de sus más olvidadizas creaciones, menos solidarias con lo que a todos, nosotros incluidos, conviene.

Su última frase fue un préstamo que ya había aceptado hace años el poeta Auden, "una sociedad no es mejor que sus bosques".

Y entonces comenzaron a sonar los grillos, el pequeño búho que llamamos autillo y muy lejos descorchó su canto un petirrojo. Volvía a hablar el bosque, porque en realidad, su silencio lo que había logrado es que yo hablara por un rato conmigo mismo. No en vano me vino a la mente que el pensamiento de los árboles es precisamente el oxígeno con el que en buena medida formamos nuestras ideas y nuestros sueños. Respirar ya es diálogo con el bosque. Otro regalo que obsequia cualquiera de esas arboledas que se alejan perseguidas o que ya sólo crecen en nuestra añoranza...

Joaquín Araújo (La voz de los árboles)


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