ESTÁTERAS DE PLATA
DE LOS SATRAPAS PERSAS
DE TARSOS -CILICIA-

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Una interesante colección de monedas persas bajo patrón griego son una serie de estáteras de plata de algunos sátrapas persas gobernadores de Tarsos (Cilicia).

Situemos primero estas satrapías en la historia antigua:

La expansión griega en Asia Menor y el Mediterráneo oriental encontró, a partir del siglo VI a. C., la oposición de otra gran civilización, la de los persas.

Hacia el año 1500 a. C., los arios, un pueblo guerrero, se establecieron en la meseta de Irán procedentes del Cáucaso. Instauraron dos reinos rivales:

Medos: en el Norte, junto al mar Caspio. Crearon el primer imperio en el año 700 a. C. Su rey Ciáxares, o Ciro I (625-585 a. C.), venció a los asirios y extendió su poder a gran parte de Asia Menor.

Persas: al Este del golfo Pérsico. Instauraron el Imperio aqueménida tras imponerse sobre los medos durante el reinado de Ciro II el Grande (559-529 a. C.), que conquistó además Asiria y Babilonia y los territorios que se extendían hasta los confines de la India. Darío I (521-485 a. c.) incorporó al Imperio nuevos territorios y lo organizó en veinte provincias o satrapías. Sin embargo, no pudo someter a los griegos, que le vencieron, igual que a su sucesor, Jerjes I (485-465 a. C.).



Hay que recuperar a Persia del olvido...

Los europeos que nos reconocemos como hijos de Grecia, Israel y Roma, o sea, prácticamente la mayoría, sentimos una profunda admiración por el Egipto de los faraones, y tenemos cierta idea -aunque controvertida- de la posible paternidad egipcia respecto al resto, no en vano el pueblo de Israel salió de las orillas del Nilo, y no en vano los griegos aprendieron de los egipcios la geometría y los secretos de los números. Sin embargo, situamos a los persas en una especie de nebulosa lejana, difuminada y, en gran medida, maldita. De no ser por la insistencia de arqueólogos y especialistas, casi llegaríamos hasta su abstracción, como si nunca hubieran existido. A pesar de que la tradición sitúa el Paraíso entre el Tigris y el Éufrates, de que en la escuela nos enseñaron que de allí procedía la escritura, de que fue el escenario del paso de la prehistoria a la historia, incluso pese a las múltiples ensoñaciones sobre los jardines de Babilonia, conquistada por los aqueménidas, siempre nos hemos negado a situar las raíces y el primer tronco de nuestro árbol genealógico en aquellos reinos, que culminaron en el imperio fundado por Ciro el Grande y después hundido por la conquista de Alejandro Magno. El imaginario colectivo de los europeos ha abierto una zanja y ha levantado un muro que han excluido a los persas. Puede que haya llegado el momento de derruir ese muro y cubrir esa zanja.

Quizás nos sirva de ayuda recordar al sucesor de Ciro, Darío, que no sólo pasó a la historia -nuestra historia- por su derrota en Maratón, sino que también liberó a los israelíes de su cautiverio en Babilonia y les permitió regresar a casa, les devolvió sus tesoros y autorizó la reconstrucción de su Templo. Incluso parece ser que mostraba cierta inclinación, o al menos simpatía, por el monoteísmo, de hecho, quizás él mismo era monoteísta ya que no hay duda de que el gran Dios Ahura Mazda gozaba de una categoría superior a la de Dios supremo, rayando en la figura del Dios único. Sin embargo, el debido agradecimiento a ese rey se vería interrumpido por que uno de sus sucesores, Jerjes, organizó una nueva expedición, aún más poderosa, contra los griegos y, como venganza por la quema de la ciudad de Sardes, incendió y destruyó la Acrópolis de Atenas. Es posible que, de no ser por este episodio, la Antigüedad nos hubiese legado una visión de los persas muy distinta. Con razón compadece Plutarco a los enemigos de los atenienses argumentando que, al ser los griegos personas cultas que dominaban los resortes de la elocuencia, los cubrieron de una imagen negativa de la que jamás lograrían deshacerse, por injusta que fuese. Pues bien, Jerjes osó intentarlo, y tenía el poder, los recursos y la capacidad necesarios para triunfar en la empresa. Sin embargo, a pesar de la ocupación de Atenas antes mencionada, perdió la decisiva batalla naval de Salamina y optó por retirarse, en gran medida porque la sagacidad ateniense le facilitó el camino en lugar de cortarle la vía del retorno. Tras dejar al general Mardonio al mando para continuar con la conquista, fue derrotado. Los griegos, que saquearon su campamento, se quedaron atónitos ante las enormes riquezas que encontraron en él, como ya había sucedido en Maratón, y no dejaron de ellas memoria perenne. Qué contraste entre la relativa austeridad de Atenas o de Corinto, o la severísima de Esparta, y la abundancia de objetos preciosos que rebosaba de los campamentos militares persas. Hay que decir que estos objetos no eran fruto del pillaje, sino que procedían de sus tierras, y es probable que ahí radique el origen del retorcido y despectivo mito del lujo asiático, todavía vivo en el imaginario popular.

Sin embargo, siglos más tarde, bastante después de Alejandro Magno, cuando a finales del período helenístico los romanos iniciaron la conquista de Asia, el general Lúculo sí protagonizó saqueos, y después de él Pompeyo Magno, y tantos otros como se quiera añadir a la lista (Craso no tuvo la misma fortuna, ya que se dejó la piel en ello). Roma saqueó sin límites esos inagotables tesoros y, además, tomó el relevo a los griegos en la tarea de menoscabar el prestigio de las monarquías orientales. Reporta la historia que, enfrentado a un ejército inabarcable con la mirada a las poco numerosas tropas de Lúculo. Mitridates, rey de reyes, heredero y sucesor de los aqueménidas, hizo el siguiente comentario acerca de los romanos: "si vienen como embajadores son muchos, pero como enemigos son pocos", al día siguiente, sufrió una estrepitosa derrota. El gran manantial de Oriente no dejaba de manar, incluso Catón el Joven fue recibido triunfalmente a su regreso a Roma, cargado de incalculables riquezas conseguidas en Chipre, isla extremadamente rica durante el período aqueménida y que más tarde, como en el caso de tantas otras de nuestro Mediterráneo, tuvo que vivir durante siglos e incluso milenios alejada de su antiguo esplendor.

Volvamos a los antecesores, el auge persa. Según nosotros, los persas eran bárbaros. Y puede que los únicos culpables de ellos no sean sólo los griegos, quienes llamaban "bárbaros" a todos los que no hablaban su lengua sin importarles, por ejemplo, que se tratase de galos o demás analfabetos descompuestos y greñudos, o que perteneciesen a una civilización tan brillante y refinada como la de los medas. Como podemos comprobar, en la Antigüedad el "sátrapa" era sencillamente el gobernador de una provincia bajo control persa. En general, y siempre y cuando la fidelidad y la recaudación de impuestos para el rey no se pusieran en duda, los sátrapas fueron tolerantes y permisivos. Así pues, las acciones despóticas o de extrema crueldad deberían repartirse de forma más o menos equitativa a lo largo de la Antigüedad, sin dejarse en el tintero, por ejemplo, las increíbles atrocidades cometidas por algunos atenienses durante la guerra del Peloponeso. Sin embargo, para nosotros "sátrapa" se ha convertido en sinónimo de gobernante despótico, caprichoso, cruel, orgulloso y desaforado, todo en grado superlativo. Así pues, triste favor ha hecho la deriva de las palabras a los aqueménidas, a sus antecesores, sucesores y a todos los asiáticos en general, mientras que cambios similares en los significados, como por ejemplo el de "tiranía", no nos han conducido a menospreciar a los griegos, aunque los atenienses la hubieran considerado como forma legítima de gobierno. También Platón, quien precisamente se llevó un buen escarmiento cuando Dioniso, tirano de Siracusa, lo mandó vender como esclavo después de haber sido su amigo. Así pues, hay que insistir en la destrucción de esas barreras mentales para poder admirar y valorar como corresponde al imperio persa. Hay que rescatarlo de las tinieblas, las del olvido, pero también, y especialmente, las que conforman los valores negativos que se las ha adjudicado hasta fechas muy recientes.

El imperio de los aqueménidas, los persas, ha de brillar... brilla en la historia con luz propia, con una magnificencia sólo comparable, en muchos aspectos, a la de los romanos. Como los romanos, los persas importaron tanto saber como el que exportaron. Como los romanos, y medio milenio antes que ellos, lograron controlar con dosis similares de sabiduría y crueldad un vastísimo imperio. Como los romanos y los griegos, y antes que todos ellos, aportaron a la humanidad un desarrollo de la riqueza y de la civilización que ahora tenemos la ocasión de revalorizar. Es más, no nos queda más remedio, en un acto de justicia histórica, que considerar el persa, el imperio aqueménida, como un período dorado de la Antigüedad.

Veamos ahora, con otros ojos, esas hermosas estáteras...


LAS ESTATERAS DE PLATA DE TARSOS - CILICIA -


Ubicación de Cilicia en el mapa...



Generalidades sobre las estáteras de plata persas:

La mayoría de sus inscripciones están escritas en alfabeto arameo, sistema de escritura consonántico cuya dirección de escritura es de derecha a izquierda.

Las leyendas hacen alusión al Dios "Baal" o "Baaltarz", el Dios de los cielos "Ana" y también a los propios sátrapas.

Las estáteras de plata persas con un diámetro aprox. de 21-23 mmm y un peso entre 10 y 11 gramos, son hermosas acuñaciones persas pero bajo arte griego, precisamente este factor es el que las hace tan atractivas, solemos encontrar estas monedas en los catálogos de moneda griega en el apartado de la región de Cilicia o de la ciudad de Tarsos.

Las más notables:

Posiblemente, las series de monedas más notables que pueden atribuirse con certeza a altos cargos persas (sátrapas) son las producidas en Cilicia durante el siglo IV a.C. La más antigua fue la del Karanos (alto mando militar) Tiribazos, a quien el gran rey había encargado la misión de sofocar la revuelta de Egipto en la década del 380 a.C. Estas estáteras pudieron ser acuñadas en cuatro ciudades distintas, pero manteniendo siempre el mismo diseño. A Tiribazos le sucedió Pharnabazos, antiguo sátrapa del noroeste de Asia Menor, cuyas monedas presentan nuevas impresiones y se cree fueron producidas sólo en dos casas de la moneda de la zona, la de Tarso y la de Nagidos. Un tercer grupo de monedas fue acuñado por el sátrapa Datames que sucedió a Pharnabazos, algunas acuñaciones de Datames son idénticas a otras de Pharnabazos cambiando únicamente la leyenda del nombre del sátrapa.

El mayor legado numismático de todos los gobernantes persas lo dejó Mazaios, también llamado Maceo. Nombrado inicialmente gobernador de Cilicia por Atajerjes II o III, en algún momento entre el 361 y el 351 a.C. produjo una impresionante serie de monedas con algunas reducidas acuñaciones en oro. Parte de esta producción puede asociarse al hecho de que Mazaios fue el encargado de la represión de la revuelta de Egipto y de una rebelión paralela en Fenicia protagonizada por la ciudad de Sidón y su rey, Tenes. En el 353 a.C. Sidón había sido recuperada para el imperio persa y, a partir de esa fecha, en las monedas autóctonas empieza a aparecer el nombre de Mazaios, si bien continúan llevando las tradicionales impresiones de la ciudad. Son acuñadas, fechadas y utilizadas durante 21 años, desde el 353 hasta el 333 a.C. Queda claro, por ello, que Mazaios ejerció cierta autoridad sobre la ciudad hasta poco antes de la llegada de Alejandro Magno, como se evidencia en otras series numismáticas probablemente producidas en la ciudad de Tarsos, donde Mazaios recibió el título de "gobernante de la región transeufratésica y de Cilicia". Otras monedas de Samaria confirman la magnitud de su poder en la zona. Aunque no existen pruebas que lo demuestren, se cree que esta expansión del poder de Mazaios a dos distritos del imperio fue el resultado de su actuación para sofocar la revuelta de la década del 350 a.C. Lo que sí está claro es que fue todo un superviviente. Cuando se produjo la invasión de Alejandro Magno, estaba envuelto en la fracasada defensa de Babilonia, ciudad en la que se supone se acuñaron las últimas series de sus monedas. Es posible que sus estáteras, caracterizadas todas por la figura de un león, sean irónicamente las primeras monedas producidas por un oficial persa en Mesopotamia. Si fue realmente así, a buen seguro que también resultaron las últimas. Parece apropiado suponer que, como su acuñador, que siguió a cargo de Babilonia tras la rendición a Alejandro Magno, sobrevivieron en el nuevo régimen. Las estáteras con leones seguirían acuñándose en época de Alejandro Magno y de su sucesor, Seleuco I.

Y ahora veamos ya las estáteras siguiendo un orden cronológico...


TIRIBAZOS (387-380 a.C.):


Tiribazos


Tiribazos


PHARNABAZOS (379-374 a.C.):

las dos primeras son como las de Datames pero con distinta leyenda en arameo.


Pharnabazos


Pharnabazos


Pharnabazos


DATAMES (378-362 a.C.):


Datames

una variante de la anterior:


Datames

otros tipos de Datames:


Datames


Datames


Datames


MAZAIOS (361-334 a.C.):


Mazaios


Mazaios


Mazaios


Mazaios


BALAKROS (333-323 a.C.):


Balakros


Balakros


OTRAS ESTATERAS NO ATRIBUIDAS - INCIERTAS:


Incierta


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