Centros de poder:

Únicos e innumerables como las estrellas del firmamento son los lugares sagrados, los centros de poder que como un imán han atraído al hombre desde la más remota antigüedad.

En muchas ocasiones, es la propia fuerza del lugar la que genera esta vibración capaz de renovar al ser humano, pero otras veces es el hombre quien instaura el centro mediante la celebración de un ritual, o simplemente utilizando un determinado lugar para su introspección.

Árboles sagrados, piedras centrales, templos o santuarios ubicados entre los bosques. Son algunos de estos sitios de poder a los que el hombre se dirige para hablar con la divinidad en la búsqueda de una revelación, para elevar sus súplicas a lo alto o para dejar sus ofrendas. Una casa o ciudad se constituían en la antigüedad como centros del mundo o lugares sagrados y adquirían de este modo una cualidad espiritual. Cada acción del hombre estaba regida de algún modo por una acción unitaria de la vida, en la que el mundo físico y el mundo del gran espíritu se interpretaban hasta el punto de no diferenciarse. Y aún es así, aunque en la actualidad el espejismo y la opulencia de nuestra sociedad favorezcan la visión material y egocéntrica del mundo.

Los centro de poder pueden seguir utilizándose y podemos también consagrar nuevos altares y santuarios desde donde elevar una voz y recoger una inspiración. Cualquier lugar es válido, aunque existan lugares con especial disposición y otros en los que sería dificilísimo neutralizar la energía negativa.

Un centro del mundo es el lugar en el que confluyen todas las direcciones, es la cruz o el cuadrado inscrito en el círculo de los indios lakotas y otras tradiciones como la irlandesa, es el centro del que de forma natural o por intercesión del hombre, brota y confluye la energía. Es, por fin, la representación exterior de nuestro propio centro interno, que en estos lugares entra en resonancia. Esté o no presente un determinado lugar sagrado, el árbol es la imagen perfecta de la expansión y atracción que se opera en estos sitios y la entidad arbórea actúa de forma semejante.

Esta mañana me ha despertado el canto de un gallo que hay en el vecindario, he salido de casa a primera hora para dar un paseo con el fresco matinal, andando sin rumbo mis pasos me han llevado una vez más hacia el bosque. Bajo la copa de un inmenso árbol he recordado unas duras imágenes que esta semana emitieron en la televisión, se trataba de una joven mujer de 30 años que sufría un cáncer terminal, sus débiles y agónicas palabras reclamaban una muerte digna. He imaginado que quizá el sufrimiento se había extinguido al igual que la llama de su vida y le he deseado un feliz regreso al punto de partida.

El inmenso hermano de madera agitaba poderosamente sus ramas, el bosque recién despierto parecía desperezarse y desprenderse del mágico manto de la noche. Los primeros rayos del Sol disiparon los restos de frescor matinal, de regreso a mi casa pensaba en mi arco que estaría deseando fundirse de nuevo en mis manos.

A media mañana en la parte más alta de un hermoso bosque, un arquero tensa su arco, su flecha emprende el vuelo partiendo hacia la nada, en lo más alto del cielo el rostro de una joven mujer de 30 años sonrie de nuevo.



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