Tres perros y un roble:

Una mañana lluviosa, el cielo extremadamente gris. Afortunadamente al mediodía ha escampado permitiendo al Sol sugerirme una tarde de paseo forestal.

Por la tarde me asomo a la ventana, seducido por un cielo cristalino, calzo mis viejas botas, relleno mis bolsillos con infinidad de objetos, lupa, libreta, tabaco, y emito un grito cual tarzan de los monos para reunir a mi peluda compañía, Ote, Nuka y Wolf, mis inseparables golden retrievers. Tomamos rumbo, iniciamos el paseo.

En la calle arrastrado por 3 perros soy presa de las miradas de todos cuantos se cruzan en nuestro camino, creo que con un perro adicional bien podría competir en una carrera de cuádrigas, anoto la idea... nunca sabe uno cuanto puede retroceder la humanidad.

Abandonamos el cemento, Ote mi golden de 7 años encabeza la comitiva, de los tres es el más audaz y vigoroso, Wolf le sigue, a sus 2 años es la imagen de la adolescencia perruna, su singular y exquisita inteligencia me tiene cautivado, Nuka es la que siempre cierra el grupo, ella con sus 5 años y su exceso de peso es el lastre necesario para que yo siga con los pies en contacto con el suelo.

Tomamos un camino que nos aleja del ruido, viramos a la izquierda, luego a la derecha y en un rellano a la linde de un hermoso bosque suelto a la jauría. En unos segundos una explosión de vivacidad se apodera de mis tres inseparables, observo un fondo verde recortado por tres bolas doradas al galope tendido, se cruzan, hábilmente se esquivan, increíblemente no colisionan, las lenguas cuelgan a un lado de la boca y corren, saltan, y se detienen para ubicarme, a los segundos reinician sus persecuciones.

Transcurridos unos 15 minutos, Nuka que más se parece a una rolliza oveja merina regresa, toma asiento a mi lado y sin perder de vista a sus dos machos apoya su dulce barbilla en mi rodilla, mis dedos peinan su hermoso pelo, puedo notar como se estremece al explorar su espalda, cuando mi mano alcanza su cabeza percibo en sus ojos el éxtasis perruno. Con un fuerte silbido advierto a Ote y Wolf que debemos reunirnos, juntos proseguimos nuestro camino. Ote siempre a la vanguardia inspeccionando el terreno, Wolf mantiene mi paso y cada 10 segundos eleva su cabeza para comprobar que sigo a su lado, Nuka es la retaguardia, no hay nada más seguro y firme detrás de uno.

Llegamos a una vieja casa rural derruida, tomo asiento en un banco de piedra junto a la entrada, un inmenso Roble nos da cobijo. Los dos machos en una actitud frenética marcan territorio con su orina en los alrededores de la vieja casa, Nuka con su hocico golpea repetidamente mi mano reclamando mi atención.

Extraigo de una pequeña mochila un libro: "Las claves de Egipto" una apasionante historia sobre la carrera en Europa para descifrar los jeroglíficos egipcios, en 1822 el francés Champollion dio el paso decisivo.

Cien páginas más tarde observo mi reloj, hora de regresar a casa. Al incorporarme noto una agradable sensación de tranquilidad, posiblemente el aura del viejo Roble centenario nos ha reparado durante nuestra estancia en el lugar.



Tres perros y un humano más unidos que nunca abandonan una vieja casa derruida, transcurren unos minutos y la construcción desaparece de nuestra vista pero la copa de un viejo y sabio Roble centenario se balancea marcando un suave ritmo, compruebo como todos los árboles siguen esa pauta. Viejo Roble centenario, viejo corazón del bosque, sin duda hemos de volver a encontrarnos.



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