Miedos:

De alguna forma la vida puede convertirse en un pequeño recorrido de bosque, con diversas dianas a las que dar impacto, un arquero debe estudiar cada una de ellas para resolverlas lo mejor posible. Uno de los factores que conducen al error la mayoría de veces es una incorrecta apreciación de la diana (del problema), si no determinamos exactamente la distancia y todo aquello que la envuelve, estamos condenados al error, y lo terrible es que una vez disparada nuestra flecha no hay posibilidad de repetición, hay que ir a por la siguiente. La vida en cierto modo es un recorrido de bosque, un recorrido complejo.

Este viernes por la noche sentí como el vaso de mi vida se había llenado en exceso, y tuve la necesidad de un tratamiento de choque. Cuando la noche cubrió el día, decidí salir de casa para explosionar lejos de ella. Y ¿donde crees que fui esa noche húmeda y fría? pues es fácil adivinarlo conociendo a este enloquecido arquero amante de los bosques, efectivamente, a un bosque cercano a mi casa.

Salí de casa, hacía un poco de frío, la temperatura calurosa de estos días había descendido debido en gran parte a una intensa lluvia que nos cubrió durante toda la mañana. Me interné en el bosque de pinos que delimita con la parte trasera de mi casa, vivo en la parte casi exterior de un pueblo. La sensación que da un bosque cuando nos adentramos en él en una noche cerrada sin más compañía que el sonido de nuestros pasos es algo más que impresionante, sabes cuanto amo el bosque, como conozco los animales que habitan en él, incluso los que no se ven, pero incluso conociendo bien al bosque, confieso que de noche me sentí literalmente acojonado.



Me introducí en el bosque por un sendero conocido, a medida que penetraba en él, me giraba y comprobaba como iba desapareciendo la luz del pueblo, el pueblo iba reduciéndose mientras el bosque se apoderaba de mi, al principio como te he dicho llegué a sentir miedo, si, miedo, pero algo retumbó en mi cabeza y tras unas traicioneras lágrimas abrí mis brazos y permití que la fragancia húmeda del bosque me inundara ya por completo, dejé de sentir frío, me abrí al bosque, me es difícil relatar la compleja amalgama de sensaciones que empecé a experimentar, inicié a partir de ese instante la que iba a ser mi terapia, apoyé la espalda en un árbol, uno cualquiera, y permanecí en silencio inmerso en la oscuridad, escuchando. En la oscuridad del bosque no se observa, solo se escucha, se siente, primero nuestro propio miedo al que hemos de vencer, vi en ese miedo la manifestación de los miedos que se habían producido fuera del bosque, los que habitaban en mi propia vida tan cargada últimamente, pensé que la única forma de vencer al miedo era conociendo su naturaleza, identificando correctamente su origen y que debilidades lo alimenta.

Arropado por el bosque, embriagándome con la humedad sembrada por la reciente lluvia, encendí un cigarrillo en un pequeño claro, iniciando una distensión, una relajación, escuchando ruidos, jugando a reconocerlos, hay miles de ellos, pudiendo alcanzar en determinados instantes la intensidad de un barullo, escuchando y reconociendo, el temor desaparece. Mi vista se estaba haciendo un lugar en la oscuridad de la noche, en esos momentos empecé a revisar mis preocupaciones, hice lo que un viejo me contó hace ya muchos años, recuerdo sus palabras: "Robin, cuando estés agobiado, cuando te sientas saturado coge papel y lápiz, haz una lista de todo lo que te preocupa, como si fuera una lista para ir al supermercado, cuando termines, verás todo lo que te preocupa en ella, no olvides ningún detalle por insignificante que parezca, entonces dimensionarás aquello que te preocupa, solemos sobredimensionar los problemas, sobre todo cuando son un cúmulo de ellos", de esa forma, sin papel ni lápiz empecé a enumerar infinidad de pequeñas cosas en mi cabeza, incluso, pequeñeces laborales que aunque insignificantes, sumadas, son una fracción del agobio. Cuando completé la lista, empecé a sentirme más fuerte, el conocimiento, la valoración, la enumeración todo ello me estaba dando la distancia a la que debía disparar mis flechas, como resolver mis propias dianas.

Me incorporé, inicié de nuevo mis pasos, a cada paso sentí crecerme, conceptos, imágenes, todos mis frentes, todos mis problemas, todos mis ejercitos, toda mi vida estaba esperando a que retomara el mando y dictara la estrategia, a cada paso me sentía más dueño de mi mismo, sabía exactamente la magnitud del ejercito al cual debía librar mi batalla, supe también por cual de los flancos iba a penetrar mi respuesta, ¡Dios! que fuerza me inyectó el bosque.

Un trueno aceleró mis pasos, presentí que una lejana lluvía se dirigía hacia mi, ráfagas de aire cargado de humedad me ponían en alerta retomando el camino de regreso, cuando el pueblo se divisaba a lo lejos unas diminutas gotas de lluvia aceleraron mis pasos, a cada paso, a cada gota, un resto del temor que resistía se desvaneció por completo.

De regreso a casa, unos cuantos estornudos me acompañaron, pero me pareció escasa moneda con la que pagar esa húmeda, fértil, y mágica noche.



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