Muerte en el Bosque:

Todo transcurría perfectamente, el cielo se mantenía nublado y el aire seco no anunciaba lluvia. Salgo del bosque y realizo unas series en el campo de entrenamiento, disparo unas flechas desde una zona que me procura una distancia de unos 80 metros, analizo el vuelo de la flecha, la caída, la parábola, a partir de los 50 metros la caída es crítica, un error de elevación y la flecha se va a las nubes o come hierba.

Acusando un poco el cansancio me despojo del carcaj y tomo asiento junto a la línea de tiro, respiro hondo, unos sorbos de agua e intento relajar mi cuerpo soltando un poco mi mente. A los diez minutos me parece escuchar un gemido ... no, serán imaginaciones mías, intento blanquear mi mente, de nuevo un lamento que no provenía de ningún lugar, emergía de mi interior, cuelgo el carcaj en mi espalda, recojo algunas flechas clavadas en las dianas y con el arco en la mano me introduzco en el bosque, veinte pasos, me detengo y me digo: "ˇMaldita sea, no debes ir allí!", reanudo la marcha, disparo algunas flechas a medida que localizo dianas en el bosque, cada vez estoy más cerca hasta que llego a un cruce de caminos, tengo dos opciones, el de la derecha o el de la izquierda, lo pienso... tomo el de la derecha, avanzo lentamente, mis ojos exploran a lo lejos, todo parece igual, no hay cambios. Al salir de una curva del camino veo una intensidad de luz desconocida, el corazón golpea fuertemente mi pecho, mis pasos se aceleran hasta que me encuentro clavado junto al pozo, paralizado, no están, no hay nada, solo restos de ramas por el suelo. Me despojo del carcaj que me oprime el pecho, y contemplo una visión dantesca de lo que había sido y ya no era, ya no hay árboles, solo los tocones enraizados en el suelo, ya no hay nada.



Sigo el sendero que bordea lo que antes era una columna de pinos, la desolación se extiende, no han cortado los cuatro pinos centenarios, no, han deforestado toda la zona, los tocones se cuentan por decenas. Alguien había decidido la transformación de aquellos árboles en algo útil. Recurro a la razón, si queremos papel, si queremos muebles, hay que talar árboles, lo entiendo, pero aquel lugar era sagrado para José y para mi, allí nos reuníamos infinidad de veces tomando descanso bajo la sombra y el cobijo de los árboles que ya no estaban, allí llevábamos a los enanos a practicar sobre pequeñas dianas. Sigo andando hasta el final de la tala, a los pies del muro de un convento de monjas, mi vista penetra en él y observo a algunas de ellas meditando en sus huertos, de espaldas a los muros del convento observo por última vez la deforestación, me aproximo a un enorme tocón y reemplazo con mi cuerpo el espacio que antes ocupaba el tronco del árbol talado, me parece notar una energía que emerge de las raíces, la parte subterránea del árbol aun tiene vida, me doy la vuelta y mis ojos se detienen presos en los de dos monjas que me están observando, reina el silencio, sin pronunciar palabra alguna nuestros corazones hablan, y una bocanada de paz me inunda, levanto la mano, ellas alzan la suya, media vuelta, acelero la marcha y en breves minutos abandono un lugar que ya no es. No mencionaré nunca más ese lugar como "el pozo" a partir de ahora será "el convento".



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