Los cinco sentidos:

Ha sido como tantas otras veces un paseo enriquecedor. Al llegar a un claro he tomado asiento para observar el paisaje de una forma general, sin pararme en detalles y dejando que la mirada se deslizase por todo cuanto me rodeaba. Al poco rato he notado como mi campo de visión se detenía en un radio de unos veinte metros contenido por una primera hilera de árboles. Me he concentrado en los árboles que me impedían ver más lejos, profundizando a través de los espacios entre las ramas y las hojas alcanzando otros árboles que estaban más lejos. A medida que me he adaptado, me he dado cuenta de que la primera hilera de árboles ya no era una barrera y he adquirido conciencia de un espacio mucho más amplio. Una vez en la segunda hilera de árboles he seguido mirando más allá, entre las ramas, hacia los árboles más lejanos. En poco tiempo esa barrera volvía a disolverse y una realidad mayor se abría alrededor. Sin prisas, sin tratar de ver lo más lejos posible, porque si saltaba de lo que observaba a lo más lejano, perdía todo lo que en las fases intermedias ganaba en mi expansión de la conciencia. Era más importante notar cómo viajaba que ver hasta donde podía llegar.

El bosque es un lugar idóneo para practicar el arte de la observación. Observar parece algo simple y no lo es, es necesario ir más allá de los límites. Los hábitos de percepción que gobiernan nuestra visión limitan nuestra capacidad de percibir. Nuestros hábitos mentales son restrictivos, por eso debemos ir más allá de ellos, es necesario un reeducamiento de la mirada.

Cada uno de nosotros tiene en su mente un almacén de imágenes acumuladas a lo largo de la vida, y cuando vemos algo, nuestro sistema óptico lo identifica comparándolo con las imágenes que tenemos almacenadas. Existe un paralelismo con el dicho de Platón en el que afirma que no inventamos el mundo sino que lo reinventamos, en otra palabras, cotejamos cada cosa con lo que conocemos. El resultado de este proceso es que en realidad no vemos las cosas, dejamos de mirar en cuanto la mente las ha identificado, por eso nos resulta difícil identificar algo auténticamente nuevo.

En nuestra cultura, el sentido de la vista se ve bombardeado continuamente por los anuncios, por la televisión que es la intermediaria de buena parte de nuestra experiencia del mundo, por la pantalla del ordenador en la que nos concentramos durante el trabajo, así como por las imágenes del océano de materia impresa. A consecuencia de este uso excesivo de la vista, el sistema cerebral relacionado con él está muy activo y los circuitos neuronales que transportan la información visual están sobrecargados.

El uso que hacemos de nuestros sentidos y el modo en que nuestra mente procesa la variada información que le proporcionamos son los factores que limitan nuestras percepciones sensoriales. Pero sabemos que más allá de nuestra visión ordinaria está la clarividencia, más allá de nuestra audición ordinaria está la clariaudiencia, más allá de nuestro tacto ordinario existe otro nivel de sensibilidad. Por tanto es necesario abrir nuestras puertas sensoriales, empujarlas un poco más.

Cuando paseo por el bosque no me traslado de un lugar a otro, sino que me relaciono con mis sentidos con todo cuanto me rodea. Esta mañana tras mis primeros pasos escuchaba mi propia respiración, sintiendo la tierra bajo mis pies y percibiendo mi equilibrio. Al poco tiempo he abandonado un sendero que me obligaba, me daba la instrucción de seguirlo, me imponía límites, he querido liberarme de estas limitaciones, por ello he seguido hacia donde mis pies deseaban llevarme. Me encanta dejarme llevar por la intuición, abandonar caminos preconcebidos y crear nuevas rutas aunque ello me conduzca a una zarza que me obligará a rectificar el trayecto, en el camino de la vida es frecuente encontrar zarzas y hemos de maniobrar para superarlas.

Necesito desentumecer mis sentidos, quiero aprender a escuchar, se que no existe el silencio en el bosque, solo nuestra incapacidad para escuchar y prestar atención. Esta mañana cerraba mis ojos y escuchaba, notaba en distintas partes del cuerpo la llegada de un sonido determinado. He notado que podemos oír a través de otros lugares que no son nuestros oídos, lo que altera nuestras ideas habituales pero abre un pasadizo hacia nuevos reinos de comprensión del mundo en que vivimos.

El tacto es un sentido que suele ser ignorado por dos razones, la primera porque se ha convertido en tabú en nuestra cultura, y la segunda porque no se presta a una comunicación masiva como la vista y el oído. Este sentido es el hermano en la sombra de la facultad de la vista, antes de tocar las cosas establecemos contacto visual y elaboramos una imagen mental de ellas. Esta mañana cerraba los ojos y palpaba cortezas, hojas, y todo cuanto alcanzaban mis manos, me sorprendía cuando al abrir los ojos los objetos aún siendo los mismos, eran distintos.

No he querido olvidar el olfato, generalmente sólo percibimos los olores más penetrantes, pero no es nuestro sentido del olfato el que está limitado. La limitación viene de cómo procesa nuestra mente la información recibida de las membranas nasales. Existen olores verdaderamente sutiles en el bosque, el musgo en las zonas húmedas, el romero que no veo pero que se que está cerca, el humo de una hoguera lejana, la hierba recién cortada, la amalgama de aromas florales que emanan entremezclándose entre sí, la resina que fluye de una rama recién cortada, incluso el calor del Sol rebotando en la piedra. Algunos olores tienen un nivel vibratorio tan sutil que me eleva a niveles superiores de conciencia, hoy he querido ser capaz de oler más allá de lo ordinario.

El quinto sentido, el gusto. No he querido degustar brotes, savia, flores o frutos de ciertos árboles por el peligro de ingerir alguna sustancia nociva. El gusto va a consistir en el "gusto" por todo cuanto esta mañana he percibido con la vista, el oído, el olfato y el tacto.

Antes de regresar a casa he querido sentir el movimiento de los árboles. He elegido un árbol al azar, y me he abrazado a él, cerrando los ojos he percibido su balanceo, al principio era casi inapreciable pero a medida que me entregaba a él, a medida que me acoplaba al árbol danzaba en su vaivén hasta llegar a sentir que la copa era la extensión misma de mi propio ser.

Obsequiémonos con un paseo por el corazón del bosque, sintonicemos con el ambiente y la abundancia de vida que allí reside y encontraremos una fuente de paz y serenidad que nos renovará. Esta maravillosa aventura nos llevará a nuestro propio corazón, y en esa simple intimidad llegaremos a entender más profundamente y a encontrar nuestra verdadera fuerza. Entrar en el dominio de los árboles es un modo maravilloso de reconectarnos con la fuerza de vida que tenemos dentro y que nos rodea por todas partes.



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