Un día cualquiera:

Esta mañana ha llovido con mucha intensidad, el cielo oscurecido anunciaba un día de reclusión doméstica, pero esta tarde el Sol ha brillado con fuerza, la atmósfera nítida invitaba a pasear por el bosque.

Al salir de casa una bocanada de aire fresco me ha puesto en marcha. Caminando sobre el asfalto de la carretera pienso en todo lo que esta sucediendo en el mundo, venganza con daños colaterales por un lado y terror de ataques biológicos en otro. En medio de los conflictos ... siempre los mismos, el pueblo de a pie, víctima siempre de quienes les es indiferente la vida de los demás, de quienes hacen sus guerras químicas, biológicas, ideológicas, religiosas, guerras todas ellas con los bienes, la sangre y la vida de otros.

Quiero guardarme bien de atribuirle un sentido a las guerras y otras atrocidades. Sigo creyendo en el hombre, en que es capaz de lo bueno y de lo malo, capaz de salir de todos los desvaríos y volver a la razón.

Abandonando el asfalto, mis pies agradecen el contacto con el mullido bosque, hay humedad por doquier y la luz del Sol atraviesa miles de gotas que cuelgan suspendidas en el follaje de los arboles. Mi mirada aun puede escoger, diversos caminos me pertenecen, cincuenta pasos más tarde estoy inmerso en uno de ellos. El viento respira misterioso y mi corazón corre a su encuentro, paso a paso, haciendo camino.

La luz disminuye... la densidad del bosque invita a la reflexión, no hay mejor catedral, no hay mejor iglesia que la que ningún hombre ha construido, ¡el bosque!

Envuelto en un círculo de magia eterna, sigo fiel a mi voz interior, mis pasos me conducen hasta lo que fuera un inmenso árbol, ahora abatido, solo queda su herida mortal, su tronco seccionado parece una lápida en la que puedo leer toda su historia, los anillos y las deformaciones reflejan con fidelidad toda su lucha, todo el dolor, todas las enfermedades, toda la felicidad y la prosperidad, los años de miseria y los de abundancia, las agresiones superadas y las tempestades resistidas.

Acariciando suavemente la madera lápida del viejo ermitaño del bosque prosigo mi camino, el cielo me sonríe, pleno de luz atraviesa la copa de los árboles hasta alcanzar mi rostro. Una treintena de pasos más y diviso un pequeño llano cubierto de hierba que invita a extender mi cuerpo en ella.

Después de unos minutos de descanso reanudo la marcha, me encuentro en un bosque de encinas, y como quien no quiere la cosa unas deliciosas setas se descubren a mi paso, de mi mochila extraigo una bolsa de tela donde deposito las exquisiteces con las cuales el bosque obsequia a sus amantes.

Cae la tarde, los árboles empiezan a murmurar, es la hora del regreso.



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