Después de la lluvia:

El bosque se ha recuperado.

Afortunadamente las recientes lluvias han reactivado el bosque, esta tarde he dado un paseo forestal y he comprobado como se ha recuperado de un verano jodidamente seco, amenazado continuamente de incendios.

El descenso de temperatura invita a reemprender mis caminatas por el bosque. Salgo de casa y me dirijo al viejo camino que conduce a una Hípica, minutos más tarde lo abandono para perderme por la espesura de un bosque de árboles enormes, una vez más tengo la sensación de que el bosque más que una agrupación de seres... es una verdadera entidad.

Susurran las hojas al viento, el bosque denso me traga literalmente, mi atención se extravía entre todos sus detalles, minutos más tarde el hervidero humano queda reducido a un remoto registro del inconsciente. Mientras tanto, el asombro me atrapa en cada espacio de este bosque preñado ahora si... de vida. Prosigo mi camino con sigilo, temo que el crujir de hojas o el chasquido de una rama rompa el sagrado silencio o quiebre la majestuosidad de este lugar que me engulle. Hundido en las entrañas de este bosque, los árboles guardan ahora mayor espacio entre ellos, enormes, cada vez más gruesos y viejos, como si viajara hacia una época remota, un mundo virgen.

Temiendo romper el silencio, los Basajaun (Señores de los bosques) vienen a mi memoria, se que me están contemplando, son seres antropomórficos, enormes, que habitan en la profundidad del bosque. En la mitología vasca los señores de los bosques, los Basajaun, habían poblado montes y selvas, estuvieron presentes hasta tiempos recientes en numerosas historias que los recordaban, al rescoldo de las largas noches de invierno junto a la lumbre. Estos héroes legendarios habitaron también las húmedas y umbrosas regiones de nuestra imaginación. Desde niño admiré la sabiduría, la inocencia, la fuerza, la agilidad y el insondable misterio que rezuma su antigua lengua, su estatura de gigantes y su pelaje de oso. Que descomunal la distancia que los diferenciaba de nosotros y nuestro desatinado mundo artificial.

El sol se está ocultando, la temperatura desciende, el susurro de los árboles es cada vez más evidente y un halo de magia fluye por todas partes envolviendo a quienes permanecemos gozando de la leve sonoridad armoniosa del bosque, esa sonoridad me pregunta y yo le respondo con el sentido de la audición desplegado, acto que a la vez despliega mi placer, porque la impresión que recibo no tiene intermediarios, esos que nos atacan y manipulan constantemente en nuestro mundo ruidoso.

Sigo caminando hasta ver a lo lejos un sendero conocido, la noche está al caer y es más que sensato seguir rail para salir del bosque. Regreso a casa inmensamente contento, el bosque palpita humedad, ha recuperado su sensualidad.



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