Sintiendo el bosque:

Me lo debía, hoy me he obsequiado con una inmersión en uno de mis bosques preferidos. A media tarde conseguí escaparme del trabajo. Después de largo tiempo ausente, necesitaba sentirlo de nuevo... fundirme en su magia, una vez más.



Cruje la hojarasca bajo mis pies, la tarde cae, se levanta viento, los árboles se han convertido en instrumentos. Escucho como suena el volumen ondulante, con profundos murmullos, con un gran movimiento que vibra entre ellos para alejarse suspirando. Cada árbol tiene una voz. Los robles crujen, las hayas gimen, los pinos tatarean y las encinas susurran.

Permanezco ahora absolutamente inmóvil, sumido en el sonido, cuando de repente se produce la unificación. Cierro los ojos y percibo el ritmo de una danza, sublime, que existe desde tiempos inmemoriales. Puedo disolverme ahora en el viento, en el musgo, en las hojas, en un conejo acurrucado en su madriguera, en un halcón que se desliza con alas silenciosas.

Caen las primeras gotas de lluvia golpeando las hojas, el agua se desliza por mis mejillas, tal vez lluvia, tal vez lágrimas arrancadas por la belleza que me envuelve. La tierra huele a madera en putrefacción y brotes tiernos que se despliegan alimentándose de la descomposición, la muerte y el nacimiento juntos en la pauta, uno surgiendo de la otra.

Y ambos en mí, ambos de mí y yo de ellos. Yo soy ahora la tierra y la lluvia, suspendido en el ápice del ser. No existe el tiempo, ni siquiera el sonido ni la vista, ya no hay necesidad de ellos.

Soy ahora, en medio del bosque... Éxtasis.



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